Final islandés. Un texto del Taller. Lára Jónsdóttir.

Sobre el Taller.

Sobre el Taller.

Sobre el Taller.

Sobre el Taller.

Una mañana, mientras cenaba con mi hija en la cocina de la casa que comparte con su compañero, en Grafavögur, un suburbio de Reykjavík, me acordé del artículo que había leído el día anterior en la versión digital del diario El País, y me puse a contárselo.
El autor del artículo declaraba que, muy a su pesar, no era el autor de un libro sobre Antonio Lozano, su suegro. Este, al final de sus días, y perdiendo ya la memoria, contaba a quien quisiese escucharlo, que su yerno había publicado un libro con su historia de joven soldado republicano que había mentido sobre su edad para poder alistarse y que había sido cruel e injustamente represaliado por los franquistas. En realidad, el autor del artículo había publicado un libro sobre el episodio de Casas Viejas y no sobre la historia de su suegro, cuyos detalles él desconocía. Por casualidad, durante una reunión familiar, la hija de Antonio Lozano, historiadora, como su marido, se había enterado del pasado de su padre, que él, por prudencia, siempre había ocultado. Pilar Lozano lo había incitado a hacerlo público, así como a reclamar las indemnizaciones que, con todo derecho, le correspondían. Pero en aquel hombre, el miedo a los esbirros del régimen había calado tan hondo que, aun ya llegada la democracia, mostraba la mayor reticencia a explayarse sobre su juventud: para él los fascistas seguían ahí. Con los años, sin embargo, y a medida que perdía facultades mentales, la prudencia de Antonio Lozano fue atenuándose y tanto fue así que, según decían sus cuidadores, al final de su vida narraba con orgullo e incoherencia las anécdotas que poblaban los capítulos del libro imaginario redactado por su yerno.
La historia de Antonio Lozano y de su yerno, la de ese libro trunco que el yerno del héroe no llegó a escribir, me emocionó singularmente. La pensé superior al final del Quijote, más sutil: en ella, el libro que surgía del debilitamiento de las facultades no eran locuras, sino la verdad, que la despiadada realidad había ocultado; la locura final, preludio de la muerte, era la cosa más verídica de todas las que había contado Antonio Lozano. Pensé también en todos aquellos que, en los bares, en la peluquería, en la panadería del pueblo alejado del suyo en que se había refugiado para huir de su pasado de héroe, habían escuchado, benévolos y condescendientes, las historias de aquel anciano que perdía la cabeza y que hablaba de un tiempo ido. Pensé en toda esa gente que había escuchado la verdad sin saberlo y que merecía saber que la demencia de don Antonio Lozano daba por fin salida a unos hechos que pugnaban por revelarse y que durante tantos años los verdugos despiadados habían querido acallar. Y pensé en mi propio padre y en su manera de despedirse de los comerciantes del barrio antes de morir.
Me dije que sin duda quedaban aun algunos Antonios cuyas historias corrían el albur de desaparecer o de pasar desapercibidas cuando surgiesen por fin en el naufragio confuso de sus memorias. Debía de haber otros libros silentes, ocultos en las entrañas saturadas de vida de hombres que, lapidarios, sobrios, humildes, los estaban entregando a otros hombres sin decirles nada, tal vez sin siquiera esperar o desear que sus albaceas los descubriesen.
Aprovechando la holgada situación financiera que conocía mi país antes de la crisis de 2008, conseguí que la universidad me diera una beca para trasladarme durante un año a Andalucía con el objetivo de entrevistarme con los escasos soldados republicanos aun en vida o, más generalmente, con víctimas de la represión franquista. Un año no es mucho tiempo para este tipo de investigación. Hay que localizar a los informadores, hay que ganarse su confianza, hay que documentarse lo más objetivamente posible sobre los hechos que narran… Para ganar tiempo, decidí utilizar el trabajo de un documentalista español, cuyo nombre por desgracia no recuerdo, que se había entrevistado con supervivientes de la terrible huida de la que se había dado en llamar la “carretera de la muerte”. En 1937, acosados por las tropas fascistas, decenas de miles de malagueños se habían echado a una carretera en mal estado, ceñida por el mar y la sierra, para intentar llegar a Almería aun en manos de los republicanos. Los buques de guerra los bombardeaban a su antojo, los aviones los ametrallaban y las tropas italianas y franquistas los hostigaban por tierra. No pocos murieron, pero numerosos fueron también los que de un modo u otro lograron sobrevivir. El documental que yo había visto daba la palabra a algunos de aquellos supervivientes. Decidí empezar con ellos.
Debo decir, además, que yo conocía aquella zona. La había recorrido siendo muy joven, cuando, siguiendo una costumbre muy común en Islandia, había decidido viajar un tanto antes de emprender mis estudios universitarios. Yo opté, sin ninguna razón particular, por recorrer Andalucía. Para conseguir el dinero necesario para mi viaje, me hice a la mar durante unos meses. Pude comprarme un pequeño coche, un Simca, aun lo recuerdo, y recorrer las provincias de Málaga, Granada y Almería. Con mi Simca agarraba a cuanto autoestopista encontraba, y así fui aprendiendo español y enterándome de algunas historias de la zona. El primero, la primera en realidad, que me habló de la historia de la carretera de la muerte, fue una maestra, Luisa se llamaba, cuyo coche la había dejado tirada en medio de la carretera y que tenía que llegar hasta Motril, un pueblo situado en la provincia de Granada, para conseguir ayuda. Luisa me estaba contando que en el ’37, unas inundaciones habían cortado la carretera justamente a la altura del pueblo de Motril, cuando me detuve para recoger a una pareja de chicos muy jóvenes que hacían dedo a unos cuantos kilómetros de donde habíamos dejado el coche humeante de Luisa. Eran de Sevilla, pero el chico era de origen argentino. Aun recuerdo la horrible pedantería que lo afligía: en cuanto supo que yo era islandés, me empezó a hablar de las sagas, que había descubierto leyendo a Borges. Tuve que sufrir una parte no desdeñable de las banalidades que se cuentan sobre nuestro glorioso patrimonio literario: inventamos la novela once siglos antes que Flaubert, las historias pasan de generación en generación, brotando espontáneamente de los labios de los islandeses hasta que un escriba las plasma, etcétera, etcétera . Su volubilidad me privó del final del relato de Luisa, pues el chico sólo se calló -o por lo menos dejé de oírlo- cuando él, su compañera y Luisa bajaron del coche en Motril. Yo creo que en 2005, volviendo a la región que había recorrido en 1980, no estaba yo realizando un mero trabajo universitario que contribuyese a preservar un fragmento de la memoria humana, también buscaba que me terminasen de contar la historia que Luisa había dejado inconclusa en el granadino pueblo de Motril, entre Málaga y Almería.
De aquel trabajo surgió un libro que tuvo muy poca difusión, a pesar de la fuerza de algunos de los testimonios. La curiosidad editorial de que hubiese sido un islandés quien los hubiese compilado suscitó cierto interés momentáneo en mi reducido país, pero muy rápido, mi única obra cayó en el olvido.
Mis estudiantes, sin embargo, año tras año, estudiaban el caso de Antonio Lozano, que seguía fascinándome. Aprovechando la moda de la enseñanza pluridisciplinar, les pedí a compañeros de medicina que me diesen su parecer sobre el asunto. Sus comentarios, interesantes, apasionantes incluso, me resultaban sin embargo decepcionantes ya que no me permitían entrar en meollo de la paradoja de una historia que se hospeda en un hombre y que espera sus días postreros para emerger de él y colonizar subrepticiamente, parcelar, inaccesible y truncada, otros cerebros. La decepción que me produjeran los comentarios de mis colegas de la universidad de Reykjavik no me impidió intentar profundizar el tema. Me dije que ellos no podían ver lo que yo veía y que la única manera de articular su saber con la historia de Antonio Lozano era que yo diese cabida a sus conocimientos científicos en mi propia mente. Yo quería que esa historia viviese plenamente, quería ayudarla, como a un vástago adoptado o como a un hijo pródigo. Ir en busca de historias análogas a la de Antonio Lozano y entender su estructura y su anclaje neuronal se convirtió en una pasión exaltante, aun cuando fuese improbable y solitaria y no contribuyese en lo más mínimo al progreso de la carrera universitaria de un hispanista.
Estudié los síntomas de diferentes enfermedades degenerativas que producían curiosos efectos en quienes las sufrían. Recuerdo el caso de una señora cuya “dolencia” cerebral le había abierto un mundo de intensas y sinestésicas sensaciones a las que no hubiese renunciado por nada en el mundo, como decía ella. Me indignó el desarrollo de un cruel medicamento contra el Alzheimer, que procuraba una lucidez desesperante a los aquejados por la enfermedad, negándoles el dulce ocaso de que habían gozado sus mayores.
Recuerdo las vertiginosas analogías de Dawkins: nuestros cuerpos, que duda cabe, son los vehículos de que se dota nuestro material genético para existir. Del mismo modo, nuestras ideas han hecho crecer los aparatos de carne, grasa y sangre que somos para poder existir.
Habiendo abandonado toda ambición universitaria, pude dedicar lo más claro de mis días a mis estudios. Empecé a grabar lo que decían los ancianos, pero pronto entendí que el diálogo les era cada vez más extraño. Contestaban a menudo con desgano, querían que se los dejase tranquilos. Pero, cuando los observaba desde lejos, veía que mascullaban palabras sin cesar, en un flujo sordo y monocorde como si se dirigiesen a algún interlocutor invisible. Me dije que quizás estuviesen allí las historias que buscaba. Me procuré un aparato ideado por una investigadora francesa para grabar y amplificar el tenue e inaudible rumor que sale de la boca de los esquizofrénicos cuando “el otro” les habla.

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Desde hace unos años, puedo realizar mis estudios de manera sistemática y disponiendo del tiempo necesario para grabar las palabras de los ancianos desde que se manifiestan los primeros síntomas de debilitamiento neuronal hasta que la muerte me los arranca. Es un proceso que puede llevar años. He concluido un contrato con Grund, un asilo situado a escasa distancia de mi despacho de la universidad. El director busca un poco de notoriedad para llegar a un puesto más importante y espera no sin cierta ingenuidad, conseguirla a través de mis trabajos. En ningún otro país del mundo hubiese podido llevar adelante un proyecto como el mío. En Islandia pasan tan pocas cosas que se festeja cualquier iniciativa.

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Los años pasan para mí también. Ya no busco lo exótico. Debo reconocer que las palabras de estos ancianos islandeses encanecidos y encorvados me emocionan más que las de los españoles de la carretera de la muerte. Sus murmullos me llevan a la granja natal y a las historias de una abuela cuyos ojos cerré siendo muy joven. Durante las noches de insomnio leo y vuelvo a leer mis notas y la aurora sugiere los contornos de algo que mi empecinamiento convoca sin cesar, pero que las voces de los ancianos son aun demasiado febles para configurar. Borges, cuando habla del hombre que enloquece y se transforma en Don Quijote, lo llama Alonso Quijano. Ese nombre, Cervantes nunca lo ha escrito en su obra. Pero Cervantes se equivoca tanto con los nombres de sus personajes, que no se le puede tener confianza. Acaso Borges tuviese razón y el verdadero nombre de don Quijote fuese Alonso Quijano. O Antonio Lozano. Sonrío: los dos nombres suenan y resuenan juntos en mi mente, con su insistente consonancia. El indiferente escepticismo de mi mente, de nuestra mente, de la mente de todos los hombres, no tolera las distinciones especiosas entre los seres que la pueblan: Antonio Lozano y Alonso Quijano son las dos caras de una misma moneda.

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Ahora, lo vertiginoso, lo terrible.
En las bocas de un número creciente de estos ancianos, empiezan a aparecer con una desconcertante insistencia los recuerdos de los ancianos españoles con los que me entrevisté. Hace un mes, un paso más: Gunna, entre dos cabezadas, susurró “við vorum rétt hjá Motril”: “estábamos al lado de Motril”.
Ayer, un enfermero me miró a los ojos y me dijo: “Við vítum að þú veist”: “sabemos que usted sabe”.
No tengo ninguna explicación válida de lo que está pasando. Mis hijos dicen que yo no estoy haciendo ninguna investigación en Grund, me dicen que vivo allí. Ellos piensan que no vuelvo todas las tardes a mi oficina. Me dicen que nunca escribí el libro de que hablo, si bien no niegan que he sido profesor de español en la universidad. Me dicen que soy argentino. No, no es verdad. No me dicen que soy argentino. Me dicen: “Papá, vos sos argentino”. Y acarician mi cabeza cana. Y yo pienso en mi final y en mi principio. Y yo oigo, entre las lágrimas que velan por primera vez la mirada de mi hijo, su voz que proclama con dificultad, desplazando con todo el heroísmo de sus tres años al islandés que la quiere sumergir: “Es el mate de papá, eso”.
Pero yo sé que, en el fondo, se equivocan. Yo sé que algo atroz o inverosímil está pasando. Yo sé cosas ahora que nadie puede contar, cosas que nadie puede escuchar.
El enfermero me mira y sus ojos proclaman con dureza y sorna una vez más que él sí sabe. Pero sus ojos ya no son suyos. Son de ellos, son de ustedes.
Luisa cerrará los míos.

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