Síntesis del trabajo efectuado con mis alumnos de “terminale”. Las nociones indicadas que han estructurado nuestra reflexión nos son impuestas por nuestros programas.

Espacios e intercambios.

Tenemos intercambios entre Italia y Perú. Los que suponen el que haya italianos descubriendo las selvas peruanas y sus poblaciones, el del narrador, peruano que está residiendo en Italia.

Hay intercambios entre los machiguengas y los Schneil, entres los machiguengas y los peruanos occidentalizados. Estos intercambios son intercambios entre personas, pero también entre mundos y culturas.

Hay intercambios entre la Ucrania natal del padre de Saúl y el Perú en el que se instala. Entre la ciudad de Talara y Lima.

Mitos y héroes.

En estas páginas, podemos entrever algunos de los mitos machiguengas.

También entendemos que Saúl los ha hecho suyos, se los ha apropiado, puesto que, según los términos del narrador, ha experimentado una conversión. La entrega de Saúl, el don de sí mismo que implica esta conversión pueden parecer absurdos o heroicos, según cómo se las considere: cada uno tiene sus propios héroes.

Lugares y formas del poder.

Aquí la noción de poder aparece de maneras variadas.

El poder de clase, con el ostracismo de que es víctima la madre de Mascarita.

El poder de las creencias, susceptibles de estructurar la manera de comportarse de los seres humanos y que autoriza o no la cólera.

Los poderes que se ejercen sobre los machiguengas, el de Fidel Pereira y el del mundo occidentalizado u occidental.

La idea de progreso.

En todo el libro, tenemos una tensión constante entre la defensa de la occidentalización y de los progresos que esta ha de procurar a los machiguengas y la afirmación de que, al contrario, la occidentalización solo puede conducir al pueblo machiguenga a la catástrofe.

Síntesis de los dos primeros capítulos de la obra.

Hoy vamos a trabajar con los dos primeros capítulos de El hablador, novela del premio Nobel de literatura peruano Mario Vargas Llosa.

La novela se publicó en 1987 y transcurre en la Amazonía peruana.

El capítulo uno es breve.

El narrador se halla en Italia, para olvidarse por un tiempo del Perú y de los peruanos.

Pero su propósito se ve truncado por una exposición de fotografías, que lo manda de vuelta a su país recordándole la Amazonía y sus habitantes.

En las fotografías, el narrador reconoce dos aldeas en las que estuvo tres años atrás.

Va mirando las fotos con una emoción creciente y, entre las últimas, encuentra lo que está buscando: un hablador.

En el capítulo II, aparece Saúl Zuratas, llamado Mascarita.

El narrador lo define en una frase:

p. 11 Era el muchacho más feo del mundo ; también simpático y buenísimo.

Saúl tiene un inmenso lunar que ocupa el lado izquierdo de su cara.

Nacido en Talara, llega a Lima con sus padres. Su padre se llama Salomón y es judío. Su madre, de quien ignoramos el nombre, es una criollita, una mujer modesta de Talara que apenas sabe leer y escribir.

En Lima, el interés de Salomón por el judaísmo se acentúa. Su mujer se convierte a su religión, pero es víctima del ostracismo de la comunidad judía de Lima, más por sus orígenes sociales, dice Mascarita, que por no ser judía de nacimiento. Saúl va a la sinagoga para ser agradable a su padre, pero no cree en Dios.

En este capítulo, el narrador se pregunta si ya ardía en Saúl la pasión desbordante por los indígenas de la Amazonía que se manifestaría después.

Sí, nos dice el narrador. Y el se dio cuenta a raíz de un incidente que se produjo una vez que habían ido juntos a jugar al billar.

Un borracho quiso impedir que el monstruo que era Mascarita entrase en el establecimiento. El narrador se alteró y sacudió un tanto al borracho.

Al día siguiente, el narrador recibe de Saúl un huesesito con unos motivos grabados y una cartita risueña y explicativa que alecciona a su amigo:

El que se deja ganar por la rabia tuerce esas líneas y ellas, torcidas, ya no pueden sostener la tierra. No querrás que por tu culpa la vida se desintegre y volvamos al caos original del que nos sacaron, a soplidos, Tasurinchi, el dios del bien, y Kientibakori, el dios del mal, ¿no, compadre? Así que no tengas más rabietas y menos por culpa mía. De todas maneras, gracias.

Tras este episodio, vemos a los dos amigos conversando en el cuarto de Saúl, quien explica las creencias de los machiguengas y cuenta cómo empezó todo.

Aparece la figura ambigua de Fidel Pereira, cusqueño mezcla de señor feudal y cacique aborigen, que conoce, explota y protege a los machiguengas.

Con la perspectiva del tiempo y sabiendo lo que le ocurrió después, el narrador entiende que Saúl experimentó una conversión, a la manera de aquellas conversiones de las que se le hablaba en el catequismo.

Los dos primeros capítulos del libro:

A Luis Llosa Ureta, en su silencio, y a los kenkitsatatsirira machiguengas.

I

VINE a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos y he aquí que el malhadado país me salió al encuentro esta mañana de la manera más inesperada. Había visitado la reconstruida casa de Dante, la iglesita de San Martino del Vescovo y la callejuela donde la leyenda dice que aquél vio por primera vez a Beatrice, cuando, en el pasaje de Santa Margherita, una vitrina me paró en seco: arcos, flechas, un remo labrado, un cántaro con dibujos geométricos y un maniquí embutido en una cushma de algodón silvestre. Pero fueron tres o cuatro fotografías las que me devolvieron, de golpe, el sabor de la selva peruana. Los anchos ríos, los corpulentos árboles, las frágiles canoas, las endebles cabañas sobre pilotes y los almácigos de hombres y mujeres, semidesnudos y pintarrajeados, contemplándome fijamente desde sus cartulinas brillantes.

Naturalmente, entré. Con un extraño cosquilleo y el presentimiento de estar haciendo una estupidez, arriesgándome por una curiosidad trivial a frustrar de algún modo el proyecto tan bien planeado y ejecutado hasta ahora –leer a Dante y Machiavelli y ver pintura renacentista durante un par de meses, en irreductible soledad–, a provocar una de esas discretas hecatombes que, de tanto en tanto, ponen mi vida de cabeza. Pero, naturalmente, entré.

La galería era minúscula. Un solo cuarto de techo bajo en el que, para poder exhibir todas las fotografías, habían añadido dos paneles, atiborrados también de imágenes por ambos lados. Una muchacha flaca, de anteojos, sentada detrás de una mesita, me miró. ¿Se podía visitar la exposición «I nativi della foresta amazónica»?

–Ceno. Avanti, avanti.

No había objetos en el interior de la galería, sólo fotos, lo menos una cincuentena, la mayoría bastante grandes. Carecían de leyendas, pero alguien, acaso el mismo Gabriele Malfatti, había escrito un par de cuartillas indicando que las fotografías fueron tomadas en el curso de un viaje de dos semanas por la región amazónica de los departamentos del Cusco y de Madre de Dios, en el Oriente peruano. El artista se había propuesto describir, «sin demagogia ni esteticismo», la existencia cotidiana de una tribu que, hasta hacía pocos años, vivía casi sin contacto con la civilización, diseminada en unidades de una o dos familias. Sólo en nuestros días comenzaba a agruparse en esos lugares documentados por la muestra, pero muchos permanecían aún en los bosques. El nombre de la tribu estaba castellanizado sin errores: los machiguengas.

Las fotos materializaban bastante bien el propósito de Malfatti. Allí estaban los machiguengas lanzando el arpón desde la orilla del río, o, semiocultos en la maleza, preparando el arco en pos del ronsoco o la huangana; allí estaban, recolectando yucas en los diminutos sembríos desparramados en torno a sus flamantes aldeas –acaso las primeras de su larga historia–, rozando el monte a machetazos y entreverando las hojas de las palmeras para techar sus viviendas. Una ronda de mujeres tejía esteras y canastas: otra preparaba coronas, engarzando vistosas plumas de loros y guacamayos en aros de madera. Allí estaban, decorando minuciosamente sus caras y sus cuerpos con tintura de achiote, haciendo fogatas, secando unos cueros, fermentando la yuca para el masato en recipientes en forma de canoa. Las fotos mostraban con elocuencia cuán pocos eran en esa inmensidad de cielo, agua y vegetación que los rodeaba, su vida frágil y frugal, su aislamiento, su arcaísmo, su indefensión. Era verdad: sin demagogia ni esteticismo.

Esto que voy a decir no es una invención a posteriori ni un falso recuerdo. Estoy seguro de que pasaba de una foto a la siguiente con una emoción que, en un momento dado, se volvió angustia. ¿Qué te pasa? ¿Qué podrías encontrar en estas imágenes que justifique semejante ansiedad?

Desde las primeras fotos había reconocido los claros donde se alzan Nueva Luz y Nuevo Mundo –no hacía tres años que había estado en ellos– e, incluso, al ver una panorámica del último de estos lugares, la memoria me resucitó en el acto la sensación de catástrofe con que viví el aterrizaje acrobático que hicimos allí, aquella mañana, en el Cessna del Instituto Lingüístico, esquivando niños machiguengas. También me había parecido reconocer algunas caras de los hombres y mujeres con quienes, ayudado por Mr. Schneil, conversé. Y esto fue una certidumbre cuando, en otra de las fotografías, vi, con la misma barriguita hinchada y los mismos ojos vivos que conservaba en mi recuerdo, al niño de boca y nariz comidas por la uta. Mostraba a la cámara, con la misma inocencia y naturalidad con que nos lo había mostrado a nosotros, ese hueco con colmillos, paladar y amígdalas que le daba un aire de fiera misteriosa.

La fotografía que esperaba desde que entré a la galería, apareció entre las últimas. Al primer golpe de vista se advertía que aquella comunidad de hombres y mujeres sentados en círculo, a la manera amazónica –parecida a la oriental: las piernas en cruz, flexionadas horizontalmente, el tronco muy erguido–, y bañados por una luz que comenzaba a ceder, de crepúsculo tornándose noche, estaba hipnóticamente concentrada. Su inmovilidad era absoluta. Todas las caras se orientaban, como los radios de una circunferencia, hacia el punto central, una silueta masculina que, de pie en el corazón de la ronda de machiguengas imantados por ella, hablaba, moviendo los brazos. Sentí frió en la espalda. Pensé: «¿Cómo consiguió este Malfatti que le permitieran, cómo hizo para…?» Bajé, acerqué mucho la cara a la fotografía. Estuve viéndola, oliéndola, perforándola con los ojos y la imaginación hasta que noté que la muchacha de la galería se levantaba de su mesita y venía hacia mí, inquieta.

Haciendo un esfuerzo por serenarme le pregunté si las fotografías se vendían. No, creía que no. Eran de la Editorial Rizzoli. Iba a publicar un libro con ellas, parecía. Le pedí que me pusiera en contacto con el fotógrafo. No iba a ser posible, desgraciadamente:

–II signore Gabriele Malfatti é morto.

¿Muerto? Sí. De unas fiebres. Un virus contraído en aquellas selvas, forse. ¡El pobre! Era un fotógrafo de modas, había trabajado para Vogue, para Uomo, revistas así, fotografiando modelos, muebles, joyas, vestidos. Se había pasado la vida soñando con hacer algo distinto, más personal, como este viaje a la Amazonía. Y cuando al fin pudo hacerlo y le iban a publicar un libro con su trabajo ¡se moría! Y, ahora, le dispiaceva, pero era la hora del pranzo y tenía que cerrar.

Le agradecí. Antes de salir a enfrentarme una vez más con las maravillas y las hordas de turistas de Firenze, todavía alcancé a echar una última ojeada a la fotografía. Sí. Sin la menor duda. Un hablador.

¿Dónde se encuentra el narrador?

¿Qué efecto le producen las fotografías que descubre?

¿Por qué razón presentirá el narrador estar haciendo una estupidez?

¿Era grande la galería?

¿Quién es el autor de las fotografías? ¿Cuál es su nacionalidad? ¿Ha viajado? ¿Ha tenido intercambios con los machiguengas? ¿Ha viajado el narrador?

Haz una lista de todos los viajes y desplazamientos que implican estas páginas.

Resume en pocas palabras lo que muestran las fotos de Malfatti.

¿Qué sensaciones experimenta el narrador a medida que pasa de una foto a la otra?

¿Qué reconoce el autor?

¿Qué le lleva a la memoria lo que está viendo?

¿Qué ve la muchacha de la galería? ¿Por qué se muestra inquieta?

Haz una lista de todas las áreas culturales que aparecen en estas páginas ¿Hay intercambios entre ellas?

II

SAÚL ZURATAS tenía un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubría todo el lado derecho de la cara y unos pelos rojos y despeinados como las cerdas de un escobillón. El lunar no respetaba la oreja ni los labios ni la nariz a los que también erupcionaba de una tumefacción venosa. Era el muchacho más feo del mundo; también, simpático y buenísimo. No he conocido a nadie que diera de entrada, como él, esa impresión de persona tan abierta, sin repliegues, desprendida y de buenos instintos, nadie que mostrara una sencillez y un corazón semejantes en cualquier circunstancia. Lo conocí cuando dábamos los exámenes de ingreso a la Universidad y fuimos bastante amigos –en la medida en que se puede ser amigo de un arcángel– sobre todo los dos primeros años, que cursamos juntos en la Facultad de Letras. El día en que lo conocí me advirtió, muerto de risa, señalándose el lunar:

–Me dicen Mascarita, compadre. A que no adivinas por qué.

Con este apodo lo llamábamos también nosotros, en San Marcos.

Había nacido en Talara y compadreaba a todo el mundo. Palabras y dichos de la jerga callejera brotaban en cada frase que decía, dando incluso a sus conversaciones íntimas un aire de chacota. Su problema, decía, era que su padre había ganado demasiado con el almacén allá en el pueblo, tanto que un buen día decidió trasladarse a Lima. Y desde que se habían venido a la capital al viejo le había dado por el judaísmo. No era muy religioso allá en el puerto piurano, que Saúl recordara. Alguna vez lo había visto leyendo la Biblia, sí, pero nunca se preocupó de inculcarle a Mascarita que pertenecía a otra raza y a otra religión que las de los muchachos del pueblo. Aquí en Lima, en cambio, sí. ¡Qué vaina! A la vejez viruelas. O, mejor dicho, la religión de Abraham y Moisés. ¡Pucha! Nosotros éramos unos suertudos siendo católicos. La religión católica era un pan con mantequilla de simple, una misita de media hora cada domingo y unas comuniones cada primer viernes de mes que se pasaban al vuelo. Él, en cambio, tenía que zambullirse los sábados en la sinagoga, horas y horas, aguantando los bostezos y fingiendo interesarse por los sermones del rabino –que no entendía ni jota– para no decepcionar a su padre, quien, después de todo, era viejón y buenísima gente. Si Mascarita le hubiera dicho que hacía tiempo había dejado de creer en Dios y que, en resumidas cuentas, eso de pertenecer al pueblo elegido a él le importaba un comino, al pobre Don Salomón le hubiera dado un patatús.

Conocí a Don Salomón no mucho después que a Saúl, un domingo. Éste me había invitado a almorzar. La casa estaba en Breña, a la espalda del Colegio La Salle, en una transversal alicaída de la avenida Arica. Era una vivienda profunda, repleta de muebles viejos, y con un lorito hablador de nombre y apellidos kafkianos que repetía todo el tiempo el apodo de Saúl: «¡Mascarita! –¡Mascar¡ta!» Padre e hijo vivían solos, con una sirvienta que se había venido con ellos de Talara y que, además de hacerles la cocina, ayudaba a Don Salomón en la tienda de abarrotes que había abierto en Lima. «Ésa, la de la tela metálica con una estrella de seis puntas, compadre. Se llama La Estrella por la estrella de

David, ¿te das cuenta?»

Me impresionaron el afecto y las atenciones que Mascarita prodigaba a su padre, un anciano curvo, sin afeitar, que arrastraba unos pies deformados por los juanetes en unos zapatones que parecían coturnos romanos. Hablaba español con fuerte acento ruso o polaco, y eso que, me dijo, llevaba ya más de veinte años en el Perú. Tenía un aire socarrón y simpático: «Yo, de chico, quería ser trapecista de circo, pero la vida acabó metiéndome de mercachifle, vea usted qué decepción.» ¿Era Saúl su único hijo? Sí, lo era.

¿Y la madre de Mascarita? Había muerto a los dos años de trasladarse la familia a Lima. Hombre, qué pena, a juzgar por esa foto tu mamá debía ser muy joven ¿no, Saúl? Sí, lo era. Bueno, por una parte claro que a Mascarita lo apenaba su muerte. Pero, por otra, tal vez hubiera sido mejor para ella cambiar de vida. Porque su pobre vieja sufría muchísimo en Lima. Me hizo señas de que me acercara y bajó la voz (precaución inútil porque habíamos dejado a Don Salomón profundamente dormido en una mecedora del comedor y nosotros conversábamos en su cuarto) para decirme:

–Mi mamá era una criollita de Talara que el viejo se levantó al poco tiempo de llegar como refugiado. Parece que la tuvo arrejuntada nomás, hasta que nací yo. Sólo entonces se casaron. ¿Te imaginas lo que es para un judío casarse con una cristiana, con lo que llamamos una goie? No, no te lo imaginas.

Allá en Talara la cosa no había tenido la menor importancia porque las dos familias judías del lugar estaban medio disueltas en la sociedad local. Pero, al instalarse en Lima, la madre de Saúl tuvo múltiples problemas. Extrañaba mucho su tierra, desde el calorcito y el cielo sin nubes, de sol radiante todo el año, hasta sus parientes y amistades. Por otra parte, la comunidad judía de Lima nunca la aceptó, por más que ella, para darle gusto a Don Salomón, se había dado el baño lustral y se había hecho instruir por el rabino a fin de cumplir con todos los ritos de la conversión. En realidad –y Saúl me guiñó un ojo travieso– la comunidad no la aceptaba no tanto por ser una goie como por ser una criollita de Talara, una mujer sencilla, sin educación, que apenas sabía leer. Porque los judíos de Lima se habían vuelto unos burgueses, compadre.

Me decía todo esto sin asomo de rencor ni dramatismo, con una aceptación tranquila de algo que, por lo visto, no hubiera podido ocurrir de otra manera. «Yo y mi vieja nos llevábamos como uña y carne. Ella también se aburría como ostra en la sinagoga y, sin que Don Salomón se diera cuenta, para que esos sábados religiosos se pasaran más rápido, jugábamos disimuladamente al Yan–Ken–Po. A la distancia. Ella se sentaba en la primera fila de la galería y yo abajo, con los hombres. Movíamos las manos al mismo tiempo y a veces nos venían ataques de risa que espantaban a los piadosos.» Se la había llevado un cáncer fulminante, en pocas semanas. Y, desde su muerte, a Don Salomón se le vino el mundo abajo.

–Ese viejito que has visto ahí, durmiendo la siesta, era hace un par de años un hombre entero, lleno de energía y amor a la vida. La muerte de mi vieja lo demolió.

Saúl había entrado a San Marcos, a seguir abogacía, para dar gusto a Don Salomón. Por él, se hubiera puesto más bien a ayudarlo en La Estrella, que le daba muchos dolores de cabeza a su padre y le exigía más esfuerzo de los que se merecía, a sus años. Pero Don Salomón fue terminante. Saúl no pondría los pies detrás de ese mostrador. Saúl jamás atendería a un cliente. Saúl no sería un comerciante como él.

–Pero ¿por qué, viejito? ¿Tienes miedo de que con esta cara te ahuyente a la clientela? –Me decía esto entre carcajadas–. La verdad es que, ahora que ha podido ahorrar unos solcitos, Don Salomón quiere que la familia se vuelva importante. Ya me ve llevando el apellido Zuratas a la diplomacia o a la Cámara de Diputados. ¡Pa su diablo!

Volver ilustre el apellido familiar ejerciendo una profesión liberal, era algo que a Saúl tampoco le ilusionaba mucho. ¿Qué le interesaba en la vida? No lo sabía aún, sin duda. Lo fue descubriendo en esos meses y años que fueron los de nuestra amistad, en la década de los cincuenta, en ese Perú que iba pasando –mientras Mascarita, yo, nuestra generación, nos volvíamos adultos de la mentirosa tranquilidad de la dictadura del general Odría a las incertidumbres y novedades del régimen democrático, que renació en 1956, cuando Saúl y yo estábamos en el tercer año.

Para entonces, sin la menor duda, ya había descubierto lo que le interesaba en la vida. No de manera relampagueante, ni con la seguridad que después, pero, en todo caso, el extraordinario mecanismo estaba ya en marcha y, pasito a paso, empujándolo un día acá, otro allá, iba trazando ese laberinto en el que Mascarita entraría para no salir jamás. En 1956 estudiaba Etnología al mismo tiempo que Derecho y había estado varias veces en la selva. ¿Sentía ya esa fascinación de embrujado por los hombres del bosque y la Naturaleza sin hollar, por las culturas primitivas, minúsculas, desperdigadas en las colinas montuosas de la ceja de montaña y la llanura de la Amazonía? ¿Ardía ya en él ese fuego solidario brotado oscuramente de lo más hondo de su personalidad por esos compatriotas nuestros que desde tiempos inmemoriales vivían allá, acosados y lastimados, entre los anchos y lentos ríos, con taparrabos y tatuajes, adorando los espíritus del árbol, la serpiente, la nube y el relámpago? Sí, ya había comenzado todo eso. Y yo me di cuenta de ello a raíz de aquel incidente en el billar, ocurrido a los dos o tres años de conocernos.

Íbamos, de cuando en cuando, entre dos clases universitarias, a jugar una partida en una desvencijada sala de billar, que era también cantina, en el Jirón Azángaro. Andando por la calle con Saúl se descubría lo molesta que tenía que ser su vida, por la insolencia y la maldad de la gente. Se volvían o se plantaban a su paso, para mirarlo mejor, y abrían mucho los ojos, sin disimular el asombro o la repulsión que les inspiraba su cara, y no era raro que, los chiquillos sobre todo, le dijeran majaderías. A él no parecía molestarle; reaccionaba siempre a las impertinencias con alguna salida chistosa.

El incidente, al entrar al billar, no lo provocó él, sino yo, que nada tengo de arcángel.

El borracho estaba bebiendo en el mostrador. Apenas nos vio, vino a nuestro encuentro, tambaleándose, y se plantó ante Saúl, con los brazos en jarras:

–¡Puta, qué monstruo! ¿De qué zoológico te escapaste, oye?

–De cuál va a ser, pues, compadre, del único que hay, del de Barranco –le respondió Mascarita–. Si vas corriendo, encontrarás mi jaula abierta.

Y trató de pasar. Pero el borracho alargó las manos hacia él, haciendo contra con los dedos, como los niños cuando les mentan la madre.

–Tú no entras, monstruo. –Se había enfurecido súbitamente–. Con esa cara, no debías salir a la calle, asustas a la gente.

–Pero si no tengo otra, qué quieres –le sonrió Saúl–. Déjanos pasar y no te pongas pesado.

Yo, para entonces, perdí la paciencia. Cogí al borracho de las solapas y comencé a zamaquearlo. Hubo un conato de trompeadera, revuelo de gente, empujones, y Mascarita y yo tuvimos que marchamos sin jugar nuestra partida.

Al día siguiente recibí de él un regalo, con unas líneas. Era un huesecillo blanco, en forma de rombo, grabado con unas figuras geométricas de color ladrillo tirando para ocre. Las figuras representaban dos laberintos paralelos, compuestos de barras de distintos tamaños, separadas por distancias idénticas, las pequeñas como cobijándose en las grandes. Su cartita, risueña y enigmática., decía algo así:

Compadre:

A ver si ese hueso mágico te calma los ímpetus y dejas de ir puñeteando a los pobres borrachitos. El hueso es de tapir y el dibujo no es la cojudez que parece, unos palotes primitivos, sino una inscripción simbólica. Se la dictó Morenanchiite, el señor del trueno, a un tigre, y éste a un brujo amigo mío de las selvas del Alto Picha. Si crees que esos símbolos son de remolinos de río o dos boas enroscadas durmiendo la siesta, puede que tengas razón. Pero son, principalmente, el orden que reina en el mundo. El que se deja ganar por la rabia tuerce esas líneas y ellas, torcidas, ya no pueden sostener la tierra. No querrás que por tu culpa la vida se desintegre y volvamos al caos original del que nos sacaron, a soplidos, Tasurinchi, el dios del bien, y Kientibakori, el dios del mal, ¿no, compadre? Así que no tengas más rabietas y menos por culpa mía. De todas maneras, gracias.

Chau,

Saúl

Le pedí que me contara algo más sobre aquello del trueno, el tigre, las líneas torcidas, Tasurinchi y Kientibakori y me tuvo toda una tarde en su casa de Breña, muy entretenido, hablándome de las creencias y costumbres de una tribu desparramada por las selvas del Cusco y de Madre de Dios.

Yo estaba echado en su cama y él sentado en un baúl, con su lorito en el hombro. El animal le mordisqueaba los pelos colorados y lo interrumpía a menudo con su chillido mandón: «!Mascarita!» «Quieto, Gregorio Samsa», lo calmaba él.

Los dibujos de sus utensilios y sus cushmas, los tatuajes de sus caras y cuerpos, no eran caprichosos ni decorativos, compadre. Eran una escritura cifrada, que contenía el nombre secreto de las personas y fórmulas sagradas para proteger los objetos del deterioro y el maleficio que a través de ellos podía llegar hasta sus dueños. Los dibujos eran dictados por una divinidad barbada y ruidosa, Morenanchiite, el señor del trueno, quien, desde lo alto de un cerro, en medio de una tempestad, comunicaba el mensaje a un tigre. Éste lo transmitía al curandero o chamán en el curso de una «mareada» de ayahuasca, esos tallos alucinógenos cuyos cocimientos se bebían en todas las ceremonias nativas. Aquel brujo del Alto Picha –«sabio, más bien, patita, digo brujo, para que me entiendas»– lo había aleccionado sobre la filosofía que permitió a la tribu sobrevivir hasta el presente. Lo más importante, para ellos, era la serenidad. No ahogarse nunca en un vaso de agua ni en una inundación. Había que contener todo arrebato pasional pues hay una correspondencia fatídica entre el espíritu del hombre y los de la Naturaleza y cualquier trastorno violento en aquél acarrea alguna catástrofe en ésta.

–La pataleta de un tipo puede hacer que se salga un río, y, un asesinato, que el rayo queme la aldea. Tal vez ese choque del Expreso, en la avenida Arequipa, esta mañana, es culpa de tu puñetazo al borrachito de ayer. ¿No te remuerde la conciencia?

Me quedé asombrado de lo mucho que sabía sobre esa tribu. Y todavía más al advertir la simpatía que desbordaba a raudales de ese conocimiento. Hablaba de aquellos indios, de sus usos y sus mitos, de su paisaje y sus dioses, con el respeto admirativo con que yo me refería a Sartre, Malraux y Faulkner, mis autores preferidos de aquel año. Ni siquiera de su admirado Kafka le oí hablar nunca con tanta emoción.

Debí sospechar ya entonces que Saúl nunca sería abogado y, también, que su interés por los indios de la Amazonía era algo más que «etnológico». No un interés profesional, técnico, sino mucho más íntimo, aunque no fácil de precisar. Algo más emotivo que racional seguramente, acto de amor antes que curiosidad intelectual o que ese apetito de aventura que parecía anidar en la vocación de tantos compañeros suyos del Departamento de Etnología. La actitud de Saúl hacia su nueva carrera, la devoción que mostraba hacia el mundo de la Amazonía, fueron a menudo motivo de conjeturas entre nosotros, sus amigos y colegas, en el Patio de Letras de San Marcos.

¿Se había enterado Don Salomón que Saúl estudiaba Etnología o lo creía concentrado en los cursos de Leyes? La verdad es que, aunque Mascarita estaba aún inscrito en la Facultad de Derecho, descuidaba totalmente las clases. Con excepción de Kafka, y, sobre todo, La metamorfosis, que había releído innumerables veces y poco menos que memorizado, todas sus lecturas eran ahora antropológicas. Recuerdo su consternación por lo poquísimo que se había escrito sobre las tribus y sus protestas por lo difícil que era consultar esa bibliografía pulverizada en separatas y revistas que no siempre llegaban a San Marcos o a la Biblioteca Nacional.

Todo había comenzado, me contó en alguna ocasión, con un viaje a Quillabamba, en Fiestas Patrias. Había ido allí invitado por un primo hermano de su madre, un tío chacarero, emigrado de Piura a esas tierras, que también comerciaba en maderas. El hombre se internaba en el monte en busca de árboles de caoba o de palo de rosa y tenía trocheros y cortadores indígenas que trabajaban para él. Mascarita había hecho buenas migas con estos nativos –bastante occidentalizados la mayoría de ellos–, que lo habían llevado consigo en sus incursiones y alojado en sus campamentos a lo largo de la vasta región bañada por el Alto Urubamba, el Alto Madre de Dios y sus respectivos afluentes. Toda una noche me estuvo relatando, entusiasmado, lo que fue para él cruzar en balsa el Pongo de Mainique, donde el Urubamba, apretado entre dos contrafuertes de la cordillera, se tornaba un dédalo de rápidos y remolinos.

–El terror de algunos cargadores es tan grande que tienen que amarrarlos a las balsas, como hacen con las vacas, para que bajen el Pongo. ¡No te imaginas lo que es eso, compadre!

Un misionero español, de la Misión Dominicana de Quillabamba, le había mostrado misteriosos petroglifos desperdigados por la zona, y había comido mono, tortuga, gusanos, y se había pegado una tremenda borrachera con masato de yuca.

–Los nativos de la región creen que en el Pongo de Mainique principió el mundo. Y te juro que en el lugar hay un vaho sagrado, un no sé qué que te pone los pelos de punta. ¡No te imaginas lo que es eso, compadre! ¡Pa su macho!

La experiencia tuvo consecuencias que nadie pudo sospechar. Ni siquiera él mismo, estoy seguro.

Volvió a Quillabamba en las Navidades y se pasó allí todo el verano. Regresó en las vacaciones de julio y el siguiente diciembre. Cada vez que en San Marcos había una huelga, aun de pocos días, zarpaba hacia la selva en lo que fuera: camiones, trenes, colectivos, ómnibus. Volvía de esos viajes exaltado y locuaz, con los ojos brillando de admiración por los tesoros que había descubierto. Todo lo de allá le interesaba y lo excitaba de manera excesiva. Haber conocido al legendario Fidel Pereira, por ejemplo. Hijo de un cusqueño blanco y de una machiguenga, era una mezcla de señor feudal y cacique aborigen. En el último tercio del XIX, un cusqueño de buena familia, huyendo de la justicia, se internó en esas selvas, donde los machiguengas lo acogieron. Se casó con una mujer de la tribu. Su hijo, Fidel, había vivido a caballo entre las dos culturas, oficiando de blanco entre los blancos y de machiguenga entre los machiguengas. Tenía varias esposas legítimas e infinidad de concubinas y una constelación de hijas e hijos a través de los cuales explotaba todos los cafetales y chacras entre Quillabamba y el Pongo de Mainique, en los que hacía trabajar poco menos que gratis a la gente de su tribu. Pero Mascarita, a pesar de ello, sentía cierta benevolencia por él:

–Se aprovecha de ellos, por supuesto. Pero, al menos, no los desprecia. Conoce su cultura a fondo y se enorgullece de ella. Y cuando otros quieren atropellarlos, los defiende.

En las anécdotas que me refería, el entusiasmo de Saúl dotaba al episodio más trivial –la roza de un monte o la pesca de una gamitana– de contornos heroicos. Pero era sobre todo el mundo indígena, con sus prácticas elementales y su vida frugal, su animismo y su magia, lo que parecía haberlo hechizado. Ahora sé que aquellos indios, cuya lengua había empezado a aprender con ayuda de los alumnos indígenas de la Misión Dominicana de Quillabamba –una vez me cantó una triste y reiterativa canción incomprensible, acompañándose con el ritmo de una calabaza llena de semillas–, eran los machiguengas. Ahora sé que aquellos carteles con dibujitos, mostrando los peligros de pescar con dinamita, que vi apilados en su casa de Breña, los había hecho para repartírselos a los blancos y mestizos del Alto Urubamba –los hijos, nietos, sobrinos, bastardos y entenados de Fidel Pereira– con la intención de proteger las especies que alimentaban a esos mismos indios que, un cuarto de siglo más tarde, fotografiaría el ahora difunto Gabriele Malfatti.

Visto con la perspectiva del tiempo, sabiendo lo que le ocurrió después –he pensado mucho en esto– puedo decir que Saúl experimentó una conversión. En un sentido cultural y acaso también religioso. Es la única experiencia concreta que me ha tocado observar de cerca que parecía dar sentido, materializar, eso que los religiosos del colegio donde estudié querían decirnos en las clases de catecismo con expresiones como «recibir la gracia», «ser tocado por la gracia», «caer en las celadas de la gracia». Desde el primer contacto que tuvo con la Amazonía, Mascarita fue atrapado en una emboscada espiritual que hizo de él una persona distinta.

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