Carta a Mariana. Timburbrou.

Hola Mariana,

Takk fyrir síðast. O gracias por la última vez. Empiezo con esta frase en islandés para ayudarte a reconocerme, porque, durante el breve intercambio que tuvimos, te comenté, divertido, que ambos habíamos terminado en islas lejanas (debería haber dicho en el culo del mundo o en el lugar donde dobla el viento, que son frases más memorables).

Publico el relato siguiente, inspirado en nuestro encuentro en Bruselas: https://sebastiannowenstein.org/2026/11/08/carta-a-mariana-timburbrou/.

Un saludo cordial,

Sebastián

PS

***

Estimada Mariana

¿Puedo escribirle?

Sí, seguro.

En la fila, antes que yo, una señora te había pedido tu correo electrónico y vos se lo habías escrito en la primera página, justo encima de la dedicatoria.

Yo había leído Nuestra parte de noche en versión electrónica, así que escribiste tu dirección al dorso de un ticket de supermercado.

Intercambiamos unas palabras y me tuteaste, por lo que me permito hacerlo también ahora.

Cito, no porque sean de algún interés, sino para ayudarte a identificarme, el tenor de mi intervención: mencioné mis recuerdos de los cuadernos Rivadavia de nuestra infancia argentina, que glorificaban el genocidio “civilizador” de la campaña de Roca contra los pueblos mapuche, tehuelche, ranquel y pampa. Y mencioné también el Musée de l’Homme de París, que conserva 18 000 cráneos robados con el supuesto motivo científico de estudiar las diferentes razas humanas.

Te conté que iba a estudiar algunos de tus textos con mis alumnos. Es lo que he hecho esta mañana. Les dije que había hablado con vos y que me gustaría mandarte sus textos. Lo haré, si me autorizás a hacerlo, pero te pido que no te sientas obligada. Hay, en los mundos paralelos que exploro con mis alumnos, muchas Enríquez. Algunas nos contestan, otras no.

Soy docente en Timburbrou, un mundo paralelo al tuyo. En Timburbrou, todo está deteniéndose. Vivimos en un mes de marzo eterno, que nunca llega a su término. Nuestros textos son tentativas de acceder a otros universos, a lugares en los que aun la vida alienta. Por un mecanismo que desconocemos, algunos de ellos llegan a puerto y aparecen en los ordenadores de sus destinatarios, en las bandejas de mensajes en general.

Tal vez te preguntes quién fue el hombre que se dirigió a vos durante la conferencia de Bruselas. Espero tener tiempo de explicarte. Digamos, por el momento, que es un alter ego de quien, desde un mundo paralelo, se dirige hoy a vos. La cuestión de si él y yo somos la misma persona quedará para más tarde, porque, ahora, lo que quiero contarte es lo que pasó en clase.

Leímos un fragmento de La casa de Adela en el que la voz narradora evoca una casa que, a lo mejor, no la dejaba hablar. Dedujimos que, si el texto existía, era porque esa prohibición había cesado o que el narrador se había liberado de ella. La casa, dice el narrador, no quería que los salvara. ¿A quiénes? A ellos, a Adela y a Pablo. A ellos la casa les hablaba, les contaba historias. El narrador no oía esas historias. Les di dos tareas a mis alumnos: primero, contar la historia de manera tal que quien la oyere tuviese pesadillas y, segundo, imaginar qué pasaba después.

Impaciente, les pregunté, antes del final de la clase, qué ideas de continuación tenían.

A. me dijo: Todos aquellos que cuentan la historia son malditos.

Interesante, muy interesante, contesté. Y agregué: entonces, al pediros que me contéis la historia, lo que hago es atraer sobre vosotros la maldición…

Sí, me contestó, después de algunos segundos de reflexión. Pensé que, en ese momento, todos los alumnos iban a dejar los bolígrafos sobre la mesa para decirme que no, que no iban a contarme la historia de Adela y a atraerse la maldición, que yo era un irresponsable, pero no lo hicieron.

S. otro alumno, imaginó que los niños eran capturados con el objeto de extraer sus órganos. Me dije que tenía que tener cuidado y que, sin impedir que mi alumno explorase, si tal era su deseo, el registro gore, debía yo hacer lo posible para que no se limitase a él. Lo que pasa, cuando les doy la posibilidad a mis alumnos de incurrir en campos que, en principio, están vedados en clase, lo hacen con un afán de provocación o de exploración, como si estuviesen verificando si, realmente tienen derecho a escribir las cosas más crueles y sórdidas. No lo tienen, en realidad: yo estimo que hay cosas que no deben decirse o escribirse en clase y que no hay que aceptar que los chicos se complazcan en evocaciones gratuitamente chocantes. Pero intento llevarlos de ese primer impulso de la provocación hacia una creación más rica sin recurrir a una censura obtusa y previa.

Pensé en los pishtacos peruanos, en la sobrerrepresentación de ciudadanos israelíes en asuntos relacionados con la extracción no libremente consentida de órganos y me pregunté, asimismo, si el robo de recién nacidos de la dictadura era antropológicamente homólogo al robo de órganos, como también podía serlo la práctica de los narcotraficantes mexicanos de transformar, mutilándolos bárbaramente, los cuerpos en mensajes de terror1. También pensé en las acusaciones de robo de órganos de prisioneros chinos.

Para que mi alumno no se quedase en la contemplación del horror o en su descripción sería probablemente necesario o por lo menos útil sugerirle pistas que le permitiesen conectar las imágenes que tenía en mente con alguna temática diferente de tal modo que el horror fuese una manera de abordarla y no un regodeo malsano. Lo que me llevó a realizar una suerte de experimento mental a partir de una pregunta: ¿qué haría yo si S. me sometiese la idea de que la casa de Adela era un sumidero a través del cual una red israelí extrajera órganos de niños? Estos experimentos mentales me permiten prepararme, imperfectamente, para la siempre imprevisible materia de las clases. Los detallo en páginas ociosas los domingos, como lo estoy haciendo ahora. Preparar una clase en el contexto a menudo caótico en el que ejerzo es, a menudo, imaginar mundos posibles. Yo imagino mundos posibles los domingos y entro en algunos de ellos durante la semana.

De darse el caso descrito, creo que haría del examen de las diferentes posibilidades que tiene S. para proseguir su historia y de las consecuencias de su decisión uno de los ejes de la futura clase.

Anteveo así lo que diría:

« S. tiene innumerables posibilidades para proseguir. Caer en lo gore, en lo exclusivamente gore. Revelar que todo es, en realidad, una leyenda urbana, una forma de folclor. Sugerir que los niños son víctimas de una perturbación psiquiátrica. Imaginar que la casa de Adela es un sumidero por donde traficantes chinos o israelíes o de otra nacionalidad extraen cuerpos y consiguen órganos, etc., etc. Lo que me gustaría que comprendieseis es que, según por dónde S. decida llevar su relato, tendrá este destinos muy diferentes. Me gustaría que experimentaseis la tensión en la que se encuentran los escritores, y todo aquel que narra una historia, entre libertad y responsabilidad, entre creación e inscripción del relato en la sociedad en la cual estamos inmersos cuando escribimos y en la recepción que tendrá nuestro relato. Quiero anunciar que, si bien no ejerceré una censura previa sobre la historia de S., sí la censuraré –a posteriori, pidiéndole a S. que la cambie- si incurre en derivas que me parecieran inadecuadas en el marco de una clase. Tomaré dos ejemplos: la historia de S. se vuelve insoportable por gore y la historia de S. se vuelve una diatriba antisemita. Este último ejemplo requiere algunas explicaciones. La sobrerrepresentación de ciudadanos israelíes en asuntos de tráfico y de extracción no libremente consentida de órganos, si bien es difícil de establecer de manera científicamente incontestable, es una conclusión que puede parecer razonable cuando se examinan los casos que han salido a la luz. Un narrador que integrara este hecho en un relato, no incurriría necesariamente en un acto antisemita. Sí lo haría si buscase entroncar con una tradición, también documentada, de tropos antisemitas que atribuyen a los judíos el sacrificio de niños. »

Cierto, para no tener que volver a escribir su historia, S. evitará los excesos que no son aceptables en una escuela. ¿Producirán estas explicaciones una forma de autocensura? Sí, si la autocensura es una manera de constreñir la asociación libre de ideas y de impedir que, expresada, dicha asociación se vuelva tóxica. Siempre nos autocensuramos cuando nos expresamos. Los escritores también. ¿Me equivoco, Mariana?

Yo creo que intentaría entender con los alumnos la diferencia que hay entre enunciados aparentemente equivalentes tales como : « traficantes de órganos », « traficantes de órganos israelíes », « traficantes de órganos albaneses », « traficantes de órganos chinos » y « traficantes, digamos, islandeses o gallegos ». Entender qué pasa en cada uno de estos casos sería entender muchas cosas que la literatura hace sin enunciarlas de manera explícita.

Los experimentos de pensamiento, por definición, están confinados en la mente, pero adquieren una naturaleza híbrida cuando son explicitados, en particular, cuando lo son en una clase, pasando así del estatuto de posibilidad al de realidad cristalizada, como cuando, en la mecánica cuántica, una partícula elemental pasa de ser una nube de probabilidades a ser o bien una onda o bien un corpúsculo. No quita que, si queremos examinar la tensión que existe entre libertad de expresión, rigor documental y responsabilidad, será necesario trabajar sobre casos límite para ver cómo se entrechocan las exigencias que se ejercen sobre nosotros. ¿Puede el escritor, Mariana, trabajar con hechos no establecidos científicamente que constituyen una hipótesis que no está en contradicción manifiesta con la realidad del mundo? Me vas a decir que sí, porque decir lo contrario sería prohibir toda creación.

Y tengo también una pregunta para mí, que te hago a vos, lo que es una manera de hacérmela a mí y, como decía Cervantes, a quien leyere: “¿Podés, Sebastián, como docente, sugerirles la fuente de inspiración que constituye la aparente sobrerrepresentación de ciudadanos israelíes en la extracción no libremente consentida de órganos?” Y otra: “Ahora que vos sabés que existe esa aparente sobrerrepresentación, ¿qué hacés?, ¿la ocultás?, ¿te censurás?Bueno, dejémonos de preguntas pendejas que no dejan de ser simplificaciones burdas de la urdidumbre compleja de lo real, de lo que realmente deparará la clase, siempre imprevisible. Doy igual mi respuesta. Para ayudar a mis alumnos a construir sus historias, yo utilizo todos mis conocimientos. Pero filtro. ¿Me censuro? Por supuesto. Intento decir lo que me parece más apropiado en cada momento, ante cada chico. No me prohibo informar a un alumno de la existencia de asuntos que implican a israelíes, pero no me siento tampoco obligado a hacerlo.

También diría : « En las clases siguientes, trabajaremos sobre los relatos en los que los pishtacos peruanos asesinan a gente para sacarles la grasa y sobre la fantástica noticia que publicó el diario El País según la cual la policía peruana había desmantelado una banda de pishtacos. También hablaremos de El evangelio según Marcos, del escritor argentino J. L. Borges, en el cual los Gutres entienden que la Biblia aconseja que se crucifique a Baltasar Espinosa, que es quien se la ha leído a esta familia analfabeta para atenuar el tedio de la sobremesa durante una inundación. »

« En la novela de Mariana Enríquez de la que proviene el fragmento que hemos leído aparece Inverness, que también aparece en el relato de Borges, como lo veréis pronto. Y en la novela se crucifica a un sapo. Yo me he preguntado si los miembros de la Orden de la que habla la novela no son unos Gutres con éxito, si no son una especie de espejo invertido de los Gutres. Ya me diréis lo que pensáis. »

La cuestión de si un texto puede ser antisemita a pesar de su autor ya me la he hecho en relación con El indigno, de Borges, que recurre a numerosos estereotipos de la judeofobia, en contradicción con el filosemitismo bien conocido del escritor.

Quiero mencionar un hecho que quizás sea anodino y que quizás no sea más que la mera consecuencia de la manera en que transcurre el tiempo en nuestro universo. Los ejercicios que doy no tienen límite temporal. Una vez que los doy, las respuestas me siguen llegando indefinidamente. En Bruselas, lo habrás olvidado, pronunciaste despreocupadamente esa expresión y yo, vindicativo e injusto, te lo reproché mentalmente. La puta, Mariana, mucho tiempo, decís, vos no sabés lo que es el tiempo cuando se para, carajo, en un mes de marzo que es imposible atravesar porque cada uno de sus segundos se divide infinitamente y se alarga si cesar.

Yo me impongo realizar los ejercicios de escritura que les encomiendo a mis alumnos. Lo que he hecho hasta ahora es, más bien, escribir una carta. Lo que la transformará en ficción, para vos, será la verdad, que voy a revelar ahora, que yo conozco y que mis alumnos, creo, intuyen. Una verdad que vos no vas a aceptar, Mariana, pero que se te va a quedar pegada a la piel. Hubiese sido mejor que yo no hubiese podido entrar a la conferencia. No quedaba más lugar cuando llegué, pero las organizadoras, tras recomendarme que, en lo sucesivo, me inscribiese, me dijeron que me harían un lugar. Nada me distingue de los demás. No son ellas, tan amables, las culpables.

Mariana, nosotros somos los capturados de la casa de Adela. Nosotros queremos volver al mundo. La casa, a veces, cuando nos agitamos demasiado, vomita nuestras cartas, que salen en el mes de marzo y que, después, instaladas ya en el tiempo que fluye, recorren los meses y se amarillean con él. A veces, algunos de nosotros gozan del privilegio de entrar en un mundo que no se ha detenido. Ya sé que me vas a decir que no podés, pero te lo pedimos igual, Mariana: traenos de vuelta.

No dejes que la verdad que te he revelado y que negarás, te destruya. Traenos de vuelta, Mariana.

  1. Aquí, hubiese podido, siguiendo al Borges de El Aleph y siguiéndote a vos, suprimir los adverbios que organizan temporalmente el párrafo y dan la falsa impresión de que el pensamiento es sucesivo. Hubiese podido recurrir a frases cortas que hubiesen empezado todas con el verbo pensé. No lo hice porque, para parafrasear o repetir a Borges, esta no es la historia de mis emociones, sino el relato más fiel posible de una clase y de su preparación. La apariencia de lo sucesivo se imponía porque, creo, es más fácil de incorporar que el vértigo de los pensamientos superpuestos de nuestro cerebro. Soy profesor, no escritor. Busco que se entienda lo que digo, no que se vea lo que pienso. Añado que esta breve misiva no tiene por objeto mostrar que he leído a Borges y que he reconocido su influjo en cierto párrafo de Nuestra parte de noche, sino anticipar o anunciar que la clase abordará las encrucijadas innúmeras ante las que se va encontrando quien cuenta una historia. Estudiaré el fragmento de Borges y también el tuyo, que, creo, lo homenajea. Reproduzco los dos fragmentos. Borges, en El Aleph, escribe: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. ». Vos escribís: “Vio a una chica rubia, desnuda, que caminaba bajo un cielo sin estrellas. Perdida, pero no asustada. La vio bailando sobre un camino de tierra roja, con hilos de lana colgando del brazo y de las piernas, desprendida, desatada. Vio un planeta negro sobre el río. Vio a su abuela sin labios y sin nariz. Vio velas en el bosque y a una joven en cuatro patas caminando sobre huesos. Vio a hombres y mujeres corriendo, todos mutilados, algunos sin piernas, se arrastraban o giraban sobre sí mismos. Vio a un perro blanco hambriento, el espinazo como bolas de metal incrustadas en el lomo. Vio a una chica de vestido rojo, sentada junto al pantano; algo que salía del agua le comía las piernas, pero ella no se quejaba. Vio un torso pálido en un campo de flores amarillas.” ↩︎