Hrönn

Publicamos, siguiendo un programa establecido con la imparcialidad del justiciero azar, los relatos de los alumnos del Colegio de Timburbrou y de sus compañeros de otros países con los que mantienen intercambios.

El programa ha determinado mostrar hoy la historia de Hrönn, docente islandesa que ejerciera en la Guajira, región situada en lo más septentrional de lo que otrora fuera Colombia. Es un relato de Björn Róbertsson.

Hrönn.

De la bitácora de Hrönn, docente islandesa en la Guajira, Latinoamérica, 2057:

Francisco el Hombre.

Francisco el Hombre es un juglar que recorre las tierras de la Guajira, región más septentrional de Colombia, cuando dicho país existía, cantando vallenatos y llevando noticias de un sitio a otro.

Francisco el Hombre es un personaje de leyenda, acaso inspirado de Francisco Moscote Guerra. Reza la historia:

Una hermosa noche en que la luna llena compite con el brillo de las estrellas, Francisco el Hombre avanza, feliz, por el camino, a lomos de su burro, tocando el acordeón. Pero alguien, oye Francisco, va respondiendo a sus melodías, sobrepasándolas en belleza. Francisco se esmera, dispuesto a hacer frente al desafío de su desconocido contrincante. Toca una melodía y su invisible interlocutor le responde. Prosigue el duelo durante un tiempo, hasta que Francisco el Hombre entrevé la silueta de su adversario y entiende que quien se atreve a desafiarlo, y a dominarlo, es ni más ni menos que Satanás.

Con una melodía casi inhumana por su belleza, el diablo consigue apagar la luna y las estrellas. Reina la más negra, la más profunda, oscuridad.

Francisco el Hombre cierra los ojos para dejar de ver la negrura que todo lo ha envuelto y reza el Credo al revés. Brotan, entonces, de su instrumento las notas más hermosas que jamás han llegado, y que tal vez nunca vuelvan a llegar, a oídos humanos. El diablo, espantado ante tales sones, da un alarido y huye, rabioso y vencido, mientras vuelven a brillar las estrellas y un reguero de luna va mordiéndole los talones a quien osara desafiar a Francisco que, desde aquel día, fuera llamado el Hombre, como para indicar que era él el más honroso y el más digno de nuestra especie.

Francisco el Hombre abandonó la leyenda para incursionar en la literatura de la mano de García Márquez, que le dio cobijo en su novela Cien años de soledad, sin duda la más conocida de las novelas contemporáneas que han sido escritas en español. En este libro, Francisco el Hombre ronda los doscientos años y sigue yendo de pueblo en pueblo. Por él sabrá Úrsula que su madre ha muerto.

Mis alumnos islandeses, cuando les cuento la historia de Francisco el Hombre, inevitablemente, piensan en la de Sæmundur fróði, que hizo huir al diablo, dándole un golpe con una Biblia en la cabeza. El diablo lo había transportado hasta Islandia tras haber tomado la forma de una foca. De haber tenido alumnos chilenos, me hubiesen contado la historia de Bartolo Lara, que también engañó al diablo, al concluir un trato según el cual, a cambio de todo el dinero que quisiese, este podría llevarse su alma al día siguiente, poniendo dicha fórmula en el contrato por ambos firmado. El diablo se presentaba día tras día, y Bartolo le mostraba los términos del contrato, que disponían que el diablo se llevaría el alma de Bartolo al día siguiente. No dice la historia cómo concluye la vida de Bartolo, si concluye, y tampoco si acaba residiendo en el cielo o en el infierno.

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Lo que acaba de leerse figura en la bitácora de Hrönn, joven islandesa que aparece registrada como docente en una escuela rural de la Guajira en el año 2057. La docente agrega una anotación en su idioma: þau hafa gleymt öllu, lo que viene a significar: lo han olvidado todo.

Hrönn decidió que su magisterio iba a consistir en volver a dar vida a Francisco el Hombre en las mentes de los guajiros.

La bitácora de Hrönn da cuenta de los dolorosos fracasos iniciales. A los guajiros no les interesa el insignificante pasado de sus mayores. A los guajiros los indispone esta extranjera pálida que quiere revelarles su verdadero ser. Los niños ríen y hacen mofa de sus esfuerzos.

Un amante casual y una noche de insomnio le revelarán a Hrönn no lo vano de sus esfuerzos, ya de ella conocido, sino el arduo camino que la espera si quiere de veras que Francisco el Hombre vuelva a campear en las mentes de los hombres y mujeres de la Guajira: Francisco el hombre tiene que volver a recorrer las tierras hostiles, polvorientas y austeras de la Guajira.

La Guajira se ha independizado de Colombia. Su economía reposa sobre la producción de marihuana, que se comercializa como un sustituto natural de las drogas sintéticas que se reparten entre la población. Consumen marihuana aquellos que se huelgan de desdeñar los hábitos de la masa y aquellos que aspiran a alcanzar la pureza casi inconcebible de dispensarse del uso de drogas. La lengua guajira se ha afianzado, pero, quizás por una oscura necesidad de equilibrio, el mundo que la viera nacer se ha borrado de las mentes: para los guajiros de hoy, el idioma no es más que un vector de comunicación entre individuos que comparten actos presentes, pero que desconocen el pasado común.

Hrönn aprendió a tocar el acordeón, cortó los rubios cabellos, compró un asno y salió a recorrer los vacíos caminos, yendo de granja en granja. Para restaurar la memoria de Francisco el Hombre, Hrönn había decidido encarnar ella la vida errante del juglar.

Volver a ser Francisco el Hombre resultó ser más fácil que celebrar su memoria. Cuando Hrönn llegaba a una granja, se la recibía con agrado. Las distracciones eran pocas y siempre desencarnadas. Era grato ver aparecer a un ser de carne y hueso, como uno, pensaban los trabajadores, cansados, a veces, de tratar con patrones que eran rutilantes máquinas blancas e infalibles o con compañeros que demasiado les recordaban su propio sometimiento. Hubo, en los inicios de los viajes de Hrön, algunas granjas que le cerraron sus puertas, pero el candor de la joven y la imprevisible violencia con la que algunos trabajadores reaccionaron cuando supieron que la islandesa, por orden de las máquinas, no podría murmurar esas canciones extrañas que amenizaban la pesada labor de los campos, produjeron la indiferencia de los algoritmos, en la que pudo Hrönn cobijar la parsimoniosa restauración de Francisco el Hombre a la que estaba dedicando su existencia.

Por lo que Hrönn sabía, en la imagen que de él se había forjado su mente, Francisco el Hombre había encontrado en una azarosa existencia y en versos oídos durante las faenas la fuente de su inspiración. Los hechos narrados, sospechaba su lejana discípula, no siempre eran verídicos y correspondían más a las necesidades y deseos del auditorio que a lo realmente acontecido. Fue así como la infancia islandesa de Hrönn se abrió paso en los vallenatos que componía y cantaba. No tanto los hechos, como las infinitas historias que aquel pueblo inculcaba a sus niños para que se mostrasen dignos de lo que de ellos esperaban los turistas que visitaban el país y que, desde la desaparición del bacalao, a causa del calentamiento global que había bloqueado la corriente del golfo, se había vuelto la principal fuente de divisas de su país. Pueden hallarse, incluso, en las letras que canta la islandesa, trazas o huellas de la versificación de los escaldos, aquellos poetas escandinavos itinerantes que iban de corte en corte loando a los reyezuelos que tanto habían prodigado en los fiordos durante la edad media. Este tipo de versificación había vuelto a nacer en Islandia gracias a políticas voluntaristas y, a veces, despiadadas, que hicieron sufrir a algunos niños, pero no a Hrönn, que se deleitaba casi físicamente con aquellos juegos lingüísticos.

 El presente de los guajiros era homogéneo, monótono, uniforme. Hrönn entendió que debía sembrar la añoranza de un pasado magnificado. Para ello recurrió a hechos impresionantes que habían acaecido en épocas lejanas o que hubieran podido acaecer en épocas lejanas, y que ella actualizaba. La exigencia de sinceridad la condujo no pocas veces a hechos que el caprichoso azar había situado en Islandia. Hrönn estimaba que lo importante no era el lugar donde los hechos habían ocurrido, sino aquel donde se contaban.

Los vikingos de las sagas se volvieron marineiros. El pillaje no asolaba las desprotegidas costas, británicas sino las de la Florida.

Hubo conatos de rebelión, pues, en algunos trabajadores, el vislumbrar un pasado diferente de esas existencias dedicadas al servicio de las máquinas suscitó aspiraciones desconocidas hasta entonces.

Hrönn entendió que la dejaban tranquila porque era útil. Al escuchar sus historias, los rebeldes, los que podían llegar a serlo, se designaban a sí mismos con señales imperceptibles que no lo eran para los algoritmos de las máquinas que escrutaban permanentemente a los trabajadores. Los indóciles, los que podían llegar a serlo, eran separados del resto de los trabajadores y enviados al sur, a plantaciones infestadas de mosquitos y de historias aciagas que las máquinas repetían sin cesar por altoparlantes.

De Hrönn y de sus compañeros nada sabemos ahora. Solo nos queda esta frase, preservada, de su bitácora, antes de que huyeran hacia la selva:

Somos doce. He escondido alimentos selva adentro. ¿A cuántos inocentes he delatado? ¿A cuántos podré salvar?