El hombre deshabitado

EL HOMBRE DESHABITADO. -¡Bah! Vienes a decirme que soy un pellejo sin aire.

EL VIGILANTE NOCTURNO.-Algo menos: un cuero sucio, despoblado.

 

El contenido de la perorata del vigilante nocturno está cifrado en la afirmación que acabamos de citar, y que podríamos reformular así : “no eres nada”. Afirmación que se extenderá a todo lo que el Hombre deshabitado pueda percibir : tú no eres nada y quienes tú ves tampoco lo son. Todo lo que dirá el vigilante serán variaciones en torno a este tema, a cada cual más perentoria, más sombría, más definitiva.

Lo que el Vigilante Nocturno emprende es una destrucción sistemática de todo aquello que el Hombre Deshabitado puede tener por cierto. Para ello no sólo efectúa una denigración minuciosa de lo que ambos ven, sino que además no duda en recurrir a afirmaciones que albergan evidentes contradicciones : “Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y oscuridad en que viven por dentro”. Como contradictoria es la situación misma: ¿Cómo puede “un cuero sucio” recibir el parlamento del Vigilante y responderle, aún cuando sea declarando su confusión?

Cabe por supuesto pensar que lo que cae sobre El Hombre Deshabitado es una torrentosa avalancha de metáforas : muchas y demoledoras palabras, pero sólo eso, palabras. Vale decir : no tomar estas palabras como descripciones de una realidad sino como una hostil creación verbal del Vigilante. Sin embargo, las acotaciones escénicas desmienten esta hipótesis al indicarnos que la realidad escénica, intradiagética, confirma las palabras del Vigilante. Es él quien dispone de la luz, y lo que él muestra es una mera puesta en escena de sus palabras : sus palabras crean, en ecos desdibujados y algo esperpénticos, el mundo al que asiste, en estado de sideración, el Hombre Deshabitado. El Vigilante Nocturno, cuya palabra produce un universo muy poco ameno, es una suerte de Dios subalterno, de segunda, que parece regodearse en rebajar y confundir al Hombre Deshabitado. Más que como el dios del Antiguo Testamento definiéndose por su esencia y su poder (“yo soy el que soy”), el Vigilante Nocturno parece definirse por la negación del otro : tú no eres el que eres.

Las palmarias contradicciones que encierra el parlamento del Vigilante Nocturno (viviendas vacías y sin embargo habitadas, un cuero sin aire que escucha y responde…) son salvadas a través de una espacialización del ser : las gentes son páramos helados, desiertos, cueros, donde nadie vive. No ser nada es ser un espacio sin alma, un cuerpo deshabitado, un desierto.

 

Veamos con algún detenimiento el proceso de aniquilación sistemática a que se entrega el Vigilante Nocturno, veamos de qué modo llega a suscitar la confusión más absoluta en el Hombre Deshabitado.


Ya hemos señalado el recurso a la contradicción. También el de afirmar que lo evidente, lo que los personajes ven, no es lo que parece, sino fingimiento, error. Ahora bien, lo que se da al Hombre Deshabitado como la realidad, lo que será luego presentado como fea, vana y huera representación, es el resultado no de la experiencia sensible de un hombre presente en el mundo, sino el resultado de un rayo de luz que proyecta el Vigilante. Para el espectador, este espectáculo es claramente teatral. No parece serlo para el Hombre Deshabitado que, proviniente de las tinieblas del subsuelo, carece de la capacidad de distinguir lo real de lo que no lo es. Es más, una buena parte del trabajo de denigración es realizado no a partir de lo que se ve sino a partir de lo que “otros”, un “otros” innominado e indefinido, consideran : “afirman que es una mujer”, “aseguran que es un anciano”. En ningún momento puede el Hombre Deshabitado mirar por sí mismo o tener una experiencia inmediata y sensible. Debe contentarse con la realidad lejana que se le muestra o con la interpretación que de la misma otros efectúan. En esta realidad así mostrada, los seres humanos se cosifican e indeterminan : una mujer, un anciano, un adolescente, son designados por el indefinido “aquello”. Además, este indefinido aleja : “aquello”, por oposición a “esto” viene a designar lo que no se va a ver, lo que no es digno de verse, o lo que el Hombre Deshabitado no es digno de ver. “Aquello”, la realidad, o lo que se supone tal, no accederá nunca al rango de “esto”, lo que puede tocarse, percibirse, llegar a ser “este”, e incluso “él” o “ella”.

Contradicción, negación de la evidencia, coexisten con el recurso constante a la redundancia, a la repetición, con generalizaciones hueras e insostenibles, con una adjetivación que no informa sino que denuesta y rezuma odio. Así, los trajes son huecos, como los moldes, pero ¿qué traje, qué molde  no lo es?, los muertos de pie andan por todas las calles del Universo y un anciano son unas podridas barbas de estopa. El Vigilante Nocturno todo lo sabe, y endiña una y otra vez al Hombre Deshabitado frases que muy poco significan saturando un espacio vacío, despoblado -o sólo ocupado por los reflejos que él avaramente dispensa- con su torrente verbal que con caudalosa monotonía repetirá una y otra vez su logorreico nihilismo.

Así, el entorno en el que se halla el Hombre Deshabitado, más que una realidad que puede ser descrita con palabras, se convierte en la concretización de un discurso cruel y sin rumbo (“¿fruto de un aburrimiento sin rumbo”) : lo que el Vigilante Nocturno finge criticar con ahínco, es lo que el crea con sus propias e insidiosas palabras. En este mundo caótico e imprevisible, arbitrario, nadie tiene memoria, todos la han perdido. Pero, lo que el cruel urdididor de esta trama oculta, es que este mundo absurdo donde la palabra memoria carece de sentido nace de su propio dispositivo, que destruye el significado de imágenes y palabras.

Observemos que esta destrucción de la memoria nace asimismo de la imposible comunicación entre los seres : “Se dan codazos, pisotones, y maldicen a media voz, pero nunca jamás se insultan”. Una memoria puramente individual se confunde en nuestro cerebro con la impresión subjetiva. Para existir plenamente, la memoria, que se volverá así historia, ha de ser, en algún grado, compartida, lo que, naturalmente, es imposible si no existe comunicación entre las personas. La fragmentación de la memoria, la negación de su aspecto de experiencia colectiva, transforma a la persona en caso único, en fruto de un azar contra el que nada se puede, y a la humanidad, en un conglomerado hastiado y sometido.

 

Confundido, perplejo, el Hombre Deshabitado va a encontrarse en una suerte de laberinto hecho de palabras sin significado y de una realidad inasible. La única tabla de salvación en este universo parece ser el Vigilante que se le muestra como lo único verdaderamente real y tangible. La imposibilidad de solidaridades horizontales y de experiencias individuales y directas, la duda en cuanto a la existencia “carnal” de la realidad fuera de su presentación verbal, preparan el apoderamiento total del Hombre Deshabitado por parte del Vigilante Nocturno. Se trata pues de una empresa totalitaria.

 

Nada nos permite afirmar que Alberti tuviese la intención de denunciar la emergencia de los totalitarismos, que estaba produciéndose en los años en que escribió El Hombre Deshabitado (1931), o que su obra fuese percibida como tal denuncia cuando fue interpretada. Sin embargo, resulta, hoy, difícil no asociarla con los trágicos años que viviera Europa en una época en que

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Sin duda, lo que más llama la atención es la saturación semántica a que procede a través del uso de la redundancia

 
 

De hecho, la operación misma que lleva a cabo el Vigilante Nocturno es la negación de sus premisas : el hombre deshabitado no es un cuero vacío. El hombre deshabitado es un ser que el Vigilante Nocturno quiere vaciar para rellenarlo con lo que él desea : destruir, aniquilar completamente lo existente es el primer paso para dominar. Crear la confusión, negar lo evidente es destruir el pasado, anular la memoria. Aquello a lo que conduce la operación que efectúa el Vigilante Nocturno es lo que finge denostar : hombres sin memoria.

 

En lo político, en lo artístico y teatral, Rafael Alberti defendió una renovación radical que reposaba en la confianza de poder hacer emerger un hombre y un arte nuevos. Su teatro no condice con este optimismo. El desenlace trágico de la obra nos recuerda que la destrucción total del pasado conduce no a una revolución liberadora sino al poder absoluto sobre quienes han perdido la memoria.

 
 

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