Rutilio da cuenta de su vida
Los trabajos de Persiles y Segismunda, Miguel de Cervantes Saavedra

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Mi nombre es Rutilio; mi patria, Sena, una de las más famosas ciudades de Italia; mi oficio, maestro de danzar, único en él, y venturoso1 si yo quisiera. Había en Sena un caballero rico, a quien el cielo dio una hija más hermosa que discreta2, a la cual trató de casar su padre con un caballero florentín; y, por entregársela adornada de gracias adquiridas, ya que las del entendimiento le faltaban, quiso que yo la enseñase a danzar; que la gentileza, gallardía3 y disposición4 del cuerpo en los bailes honestos más que en otros pasos se señalan, y a las damas principales les está muy bien saberlos, para las ocasiones forzosas que les pueden suceder. Entré a enseñarla los movimientos del cuerpo, pero movila5 los del alma, pues, como no discreta6, como he dicho, rindió la suya a la mía, y la suerte, que de corriente larga traía encaminadas mis desgracias, hizo que, para que los dos nos gozásemos7, yo la sacase de en casa de su padre y la llevase a Roma. Pero, como el amor no da baratos sus gustos, y los delitos llevan a las espaldas el castigo (pues siempre se teme), en el camino nos prendieron a los dos, por la diligencia que su padre puso en buscarnos. Su confesión y la mía, que fue decir que yo llevaba a mi esposa y ella se iba con su marido, no fue bastante para no agravar mi culpa: tanto, que obligó al juez, movió y convenció a sentenciarme a muerte.

Rutilio se presenta. Sin nada decirnos de sí, fuera del ser de Sena y de su profesión, maestro de danzar, va directamente a la historia que justifica lo que va a contar. Maestro de danzar de una joven que ha de casarse con un caballero florentín, se escapa con ella. El padre de la muchacha los hace prender y Rutilio es condenado a muerte por el juez.

Rutilio emprende el relato de sus desventuras, provocadas por su carácter lujurioso. Lo hace insistiendo en lo desventurado de sus actos y recordando constantemente su culpa y la de su cómplice.

Apartáronme en la prisión con los ya condenados a ella por otros delitos no tan honrados como el mío. Visitome en el calabozo una mujer, que decían estaba presa por fatucherie, que en castellano se llaman hechiceras, que la alcaidesa de la cárcel había hecho soltar de las prisiones y llevádola a su aposento8, a título de que con yerbas y palabras había de curar a una hija suya de una enfermedad que los médicos no acertaban a curarla.

Ahora en la cárcel, con otros condenados por delitos no tan honestos como el suyo, Rutilio recibe la visita de una mujer condenada por brujería que la alcaidesa de la cárcel había hecho soltar para que curara a su hija de una enfermedad que los médicos no conseguían sanar.

No sabremos porqué ni cómo la hechicera va a ver a Rutilio, no sabemos cómo se enteró de su presencia. No importa, Cervantes no va a preocuparse por esos detalles, lo que busca es llevar rápidamente al lector hasta la historia que va a narrar a continuación, sin demasiadas inverosimilitudes, pero sin explicaciones excesivas. Más tarde se verá que la Iglesia Católica enseñaba que no existían las hechiceras. Y, sin embargo, las mismas -la creencia en las mismas- estaba profundamente enraizada en la sociedad de la época, como lo vemos aquí, donde una alcaidesa de prisión recurre a una de ellas para que cure a su hija.

Finalmente, por abreviar mi historia, pues no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca, viéndome yo atado, y con el cordel a la garganta9, sentenciado al suplicio, sin orden ni esperanza de remedio, di el sí a lo que la hechicera me pidió, de ser su marido, si me sacaba de aquel trabajo. Díjome que no tuviese pena, que aquella misma noche del día que sucedió esta plática, ella rompería las cadenas y los cepos, y, a pesar de otro cualquier impedimento, me pondría en libertad, y en parte donde no me pudiesen ofender mis enemigos, aunque fuesen muchos y poderosos. Túvela, no por hechicera, sino por ángel que enviaba el cielo para mi remedio. Esperé la noche, y en la mitad de su silencio llegó a mí, y me dijo que asiese de la punta de una caña que me puso en la mano, diciéndome la siguiese. Turbeme algún tanto; pero como el interés era tan grande, moví los pies para seguirla, y hallelos sin grillos y sin cadenas, y las puertas de toda la prisión de par en par abiertas, y los prisioneros y guardas en profundísimo sueño sepultados.

Rutilio, por temor a la muerte, acepta casarse con la hechicera a cambio de que ésta lo saque de la cárcel. Durante la noche, la hechicera llega hasta Rutilio, le dice que coja la punta de una caña y que la siga. Rutilio se turba algún tanto, pero hace lo que le ordena la hechicera; sus pies están sin cadenas, las puertas de la prisión abiertas y prisioneros y guardas en profundísimo sueño sepultados.

Más tarde se recordará la posición de la Iglesia Católica, muy reticente, en la época en que se escribió el libro, a aceptar la existencia de las brujas, posición que Rutilio reclama como suya en repetidas ocasiones. En estas circunstancias, la frase Túvela no por hechicera (lo que era sin poder serlo), sino por ángel (lo que no era, pero hubiese podido ser, ya que la Iglesia reconoce su existencia) ilustra una forma de pensamiento frecuente en el creyente que parece creer dos cosas contradictorias al mismo tiempo, consiguiendo que coexistan sin conflicto aparente. En el siglo XVII la experiencia o lo factual no siempre sirve de base al creer.

En saliendo a la calle, tendió en el suelo mi guiadora un manto, y, mandándome que pusiese los pies en él, me dijo que tuviese buen ánimo, que por entonces dejase mis devociones. Luego10 vi mala señal, luego conocí que quería llevarme por los aires, y aunque, como cristiano bien enseñado, tenía por burla11 todas estas hechicerías -como es razón que se tengan-, todavía el peligro de la muerte, como ya he dicho, me dejó atropellar por todo; y, en fin, puse los pies en la mitad del manto, y ella ni más ni menos, murmurando unas razones que yo no pude entender, y el manto comenzó a levantarse en el aire, y yo comencé a temer poderosamente, y en mi corazón no tuvo santo la letanía a quien no llamase en mi ayuda. Ella debió de conocer mi miedo, y presentir mis rogativas12, y volviome a mandar que las dejase. « ¡Desdichado13 de mí! -dije-; ¿qué bien puedo esperar, si se me niega el pedirle a Dios, de quien todos los bienes vienen? »

Rutilio, como buen cristiano, tiene por burla lo de volar sobre un manto, pero su temor de morir es tan grande que acepta subir al manto, que, en efecto, sale por los aires. El fugitivo Rutilio llama en su ayuda a todos los santos de la letanía, pero la bruja lo hace callar. Rutilio comprende entonces que nada bueno lo espera, ya que se le prohibe pedir a Dios, de quien todos los bienes vienen.

De nuevo las contradicciones : lo de salir por los aires es pura burla…, pero su miedo es tal que sube al manto y sale volando, lo que…, es imposible. Rutilio se sabe perdido : no poder rogarle a Dios, de quien todos los bienes vienen supone que ningún bien le vendrá. Y sin embargo, después de no pocas peripecias, es cierto, el resultado, al fin de cuentas, no es tan malo: Rutilio no será ajusticiado. A pesar de las denegaciones de Rutilio, el lector no puede menos que “creer” lo que él cuenta. No es de extrañar que el fragmento que estamos leyendo fuese censurado por la Inquisición. En efecto, en una época en que la gente creía masivamente en las hechiceras, este texto ilustraba una práctica corriente que consistía en realizar afirmaciones contrarias a la doctrina al tiempo que se proclamaba la más ferviente obediencia a la doctrina oficial. El lector de este texto no puede menos que “creer” a Rutilio, tanto más cuanto que Cervantes no se molesta en proponer versión alternativa alguna; prueba una vez más de que las proclamas de fidelidad a la Iglesia son meramente retóricas y no se refieren a ningún marco referencial preciso.

En resolución, cerré los ojos y dejeme llevar de los diablos, que no son otras las postas de las hechiceras, y, al parecer, cuatro horas o poco más había volado, cuando me hallé al crepúsculo del día en una tierra no conocida. Tocó el manto el suelo, y mi guiadora me dijo: « En parte estás, amigo Rutilio, que todo el género humano no podrá ofenderte ». Y, diciendo esto, comenzó a abrazarme no muy honestamente. Apartela de mí con los brazos, y, como mejor pude, divisé que la que me abrazaba era una figura de lobo, cuya visión me heló el alma, me turbó los sentidos y dio con mi mucho ánimo al través. Pero, como suele acontecer14 que en los grandes peligros la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperadas fuerzas, las pocas mías me pusieron en la mano un cuchillo, que acaso en el seno traía, y con furia y rabia se le hinqué15 por el pecho a la que pensé ser loba, la cual, cayendo en el suelo, perdió aquella fea16 figura, y hallé muerta y corriendo sangre a la desventurada encantadora.

Rutilio se deja llevar por la hechicera. Tras cuatro horas de vuelo se posan en una tierra desconocida. La hechicera comienza a abrazar a Rutilio, que viéndole una figura de lobo, la acuchilla. Una vez muerta, la hechicera recupera su figura humana.

Las historias de licantropía (transformación de un hombre en animal, en lobo en particular) eran muy frecuentes en los tiempos del Persiles y, como las de hechiceras, criticadas por la Iglesia. Rutilio sigue agregando detalles contrarios a la doctrina de la Iglesia; su acumulación vuelve cada vez más intensa la tensión entre lo que se deduce de la experiencia y lo que dicta la institución eclesiástica. Es cada vez más difícil para el lector conjugar ambas para hacer que el relato se encauce de manera más o menos verosímil en la descripción del mundo que da la Iglesia. El que una persona que se duerme y despierta en su lecho haya tenido una alucinación cuando dice que durante la noche voló en el manto de una bruja es plausible. Pero ¿cómo explicar del mismo modo que Rutilio se encuentre en Noruega y halla atravesado el corazón de, no se sabe bien, una mujer, una hechicera o un lobo? Habría que suponer que todo es alucinación, incluso los interlocutores de Rutilio, uno de los cuales explica con perplejidad que en aquellas tierras abundan las brujas, aunque él no lo crea, por supuesto. Una vez más, el lector no tiene más remedio que “creer” en estas historias de brujas, por más que los protagonistas declaren a voz en cuello que las brujas no existen.

Considerad, señores, cuál quedaría yo, en tierra no conocida y sin persona que me guiase. Estuve esperando el día muchas horas, pero nunca acababa de llegar, ni por los horizontes se descubría señal de que el sol viniese. Aparteme de aquel cadáver, porque me causaba horror y espanto el tenerle cerca de mí. Volvía muy a menudo los ojos al cielo, contemplaba el movimiento de las estrellas y parecíame, según el curso que habían hecho, que ya había de ser de día.

Rutilio se dirige a sus interlocutores y les pide que imaginen en qué situación quedaba él, en tierra desconocida y sin nadie que lo guiase. Se aparta del cadáver, cuya vista le causa horror. Las estrellas se desplazan en el cielo, pero el día no llega.

Por primera vez, oímos a Rutilio dirigirse a sus interlocutores. Tras haberles contado su historia, una historia que lo transportase lejos de ellos, vuelve a su compañía.

Estando en esta confusión, oí que venía hablando, por junto de donde estaba, alguna gente, y así fue verdad. Y, saliéndoles al encuentro, les pregunté17 en mi lengua toscana que me dijesen qué tierra era aquella; y uno de ellos, asimismo en italiano, me respondió: « Esta tierra es Noruega; pero, ¿quién eres tú, que lo preguntas, y en lengua que en estas partes hay muy pocos que la entiendan? » « Yo soy -respondí- un miserable, que por huir de la muerte he venido a caer en sus manos ». Y en breves razones le di cuenta de mi viaje, y aun de la muerte de la hechicera. Mostró condolerse el que me hablaba, y díjome: « Puedes, buen hombre, dar infinitas gracias al cielo por haberte librado del poder destas maléficas hechiceras, de las cuales hay mucha abundancia en estas setentrionales partes. Cuéntase dellas que se convierten en lobos, así machos como hembras, porque de entrambos géneros hay maléficos y encantadores. Cómo esto pueda ser yo lo ignoro, y como cristiano que soy católico no lo creo, pero la esperiencia me muestra lo contrario. Lo que puedo alcanzar es que todas estas transformaciones son ilusiones del demonio, y permisión de Dios y castigo de los abominables pecados deste maldito género de gente ».

Vuelve Rutilio a la escena de sus aventuras. Oye que viene gente y se dirige a ellos en italiano preguntándoles dónde se encuentra. Uno de los miembros del grupo le contesta que está en Noruega y, sorprendido, le pregunta quién es él que, en aquellas tierras, habla en italiano. Rutilio cuenta su historia. Su interlocutor se conduele con sus desventuras y le dice que puede dar infinitas gracias al cielo por haber escapado de esas maléficas hechiceras, muy abundantes en aquellas tierras. Luego, una vez más, la declaración de incredulidad: el interlocutor de Rutilio no cree en las brujas, como cristiano católico que es, aunque la experiencia muestre lo contrario. Lo que él puede entender “es que todas estas transformaciones son ilusiones del demonio, y permisión de Dios y castigo de los abominables pecados deste maldito género de gente ».

Tenemos de nuevo, ahora en boca del interlocutor de Rutilio, el mismo tipo de conflicto entre la experiencia y la fe. La explicación es la misma : todo eso son ilusiones del demonio y permisión de Dios y castigo de los que las sufren… lo que deja púdicamente inexplicada la presencia de Rutilio en Noruega. Las brujas no existen, lo que existen son abominables pecadores que sufren, par su castigo y con el permiso de Dios, las ilusiones del demonio. El problema es que una de esas alucinadas infelices llevó en ancas de su alucinación a Rutilio a Noruega, quien es allí donde se encuentra, negando, junto a su interlocutor su experiencia, negando, por decirlo de algún modo estar donde está, y negando por consiguiente que su interlocutor esté hablando con él.

Este texto es incómodo, porque es incoherente. Las hechiceras no existen pero una de ellas ha llevado a Rutilio a Noruega. Este texto, en su imperfección es temiblemente eficaz. Tras haberlo leído la mente vuelve a él sin cesar, hostigada por la paradoja irresoluble que contiene. Este texto es imperfecto. Por eso es memorable.

1Afortunado, heureux.

2Raisonnable.

3Belleza.

4Prestancia.

5Le moví.

6Sage.

7Jouir, profiter de quelque chose.

8Chambre.

9Gorge.

10(Ici) Entonces.

11(Ici) Farce, imposture, mensonge.

12 Prières.

13 Desgraciado, malheureux

14 Ocurrir.

15Clavar. Cf : El evangelio según Marcos.

16Laide.

17Aujourd’hui, on aurait dit : les pedí.

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