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Esta semana vamos a trabajar con un poema y con sus avatares a lo largo del tiempo.
El poema Aceituneros, de Miguel Hernández, fue escrito en 1937. Era un poema de lucha que buscaba producir una toma de conciencia entre los jornaleros de Jaén: los olivos no son del señor, sino de quien trabaja la tierra.

En 2012, este poema es el himno oficial de la provincia de Jaén y, también lo canta Manolo Escobar, exponente emblemático de la españolada y estrella del show-biz del tardofranquismo, de los años finales del franquismo.

Entretanto, la provincia de Jaén, y España, han conocido una terrible guerra civil, cuatro decenios de dictadura y una transición a la democracia. También ha habido dos tímidas reformas agrarias que buscaban atenuar la miseria del campo andaluz y que aumentase la productividad de las explotaciones. La primera tiene lugar durante la segunda República y la segunda durante la democracia. En ninguno de los dos casos se modifica sustancialmente la profunda desigualdad que caracteriza al campo andaluz.

Sin embargo, algo ha cambiado. Hoy, la propiedad de la tierra no ocupa el lugar central que tuviera en los años treinta del siglo XX. Hoy, sería imposible atenuar las desigualdades sociales repartiendo tierras. Además, la tierra, en nuestra economía mundializada, no permite generar riqueza si no se dispone de los recursos financieros y técnicos necesarios para explotarlas y si no se dispone de los circuitos comerciales que permiten valorizar los productos.

Según un estudio que cita el profesor Naredo Pérez, la mayoría de los trabajadores de la tierra andaluces aspiran a tener un buen empleo, no a tener tierras.

Es un hecho objetivo que Aceituneros, hoy, ha perdido su valor reivindicativo o revolucionario. Es el himno oficial e institucional de una provincia. Es una canción de variedades.

Esta transformación puede atribuirse a la habilidad con que un sistema económico desigual ha conseguido apropiarse un poema que lo cuestionaba o que lo cuestiona. Pero también cabe pensar que si esta transformación ha sido posible, es porque las reivindicaciones en que podía apoyarse su sentido inicial han ido evolucionando al tiempo que se transformaba la estructura económica y social de España. El poema ha pervivido, no el mundo para el que había sido escrito.

Al principio de la transición democrática, este poema, en su forma de canción, gozaba de una gran popularidad y era, además, utilizado como vector de unas reivindicaciones que condujeron a la reforma agraria andaluza iniciada en 1983 por el Partido socialista obrero español (PSOE) y abandonada unos años después por el mismo partido.

Estas reformas reposaban sobre un análisis erróneo, según han podido demostrar estudios recientes. La izquierda española y la andaluza defendían la necesidad de luchar contra el absentismo de los terratenientes, a menudo nobles, según dicho análisis, que poseían grandes extensiones de tierra y no las explotaban diligentemente. No había tanta propiedad noble. No había tantas fincas mal explotadas.

Puede tenerse la impresión de que, no atreviéndose a encarar el problema de las abismales desigualdades económicas que caracterizaban al campo andaluz, se orientaron las acciones del gobierno hacia la mejoría de la productividad -o se presentaron como tales- y no tanto hacia la reducción de las desigualdades.

El abandono de la reforma agraria de la democracia no suscitó oposiciones demasiado fuertes. Es probable que, ya por entonces, la reforma no correspondiese más a las aspiraciones de los jornaleros.

Puede formularse la hipótesis de que, después de 40 años de franquismo, las reivindicaciones de la izquierda todavía estaban caracterizadas por la aspiraciones que el franquismo había ahogado en sangre. Mientras perduró el mito de que los problemas del campo andaluz provenían del contubernio de grandes de España y de banqueros que vivían en Madrid y se ocupaban poco o nada de sus tierras andaluzas, mientras perduró aquella matriz explicativa, el poema Aceituneros, cantado por Paco Ibañez o por Jarcha, gozó de una gran vitalidad política. Hoy, otras utilizaciones vienen a competir con dicha vitalidad y hacen del poema otra cosa : Aceituneros es un himno institucional o una canción de variedades que, tal vez, pueda hacer conocer el nombre de Jaén por el mundo y ayudar a vender aceite. Y, quienes aun hoy, ya entrados en años, en general, siguen escuchando a Paco Ibañez o a Jarcha, tal vez vean en la canción más el recuerdo de luchas ya pasadas que un vector de movilización para las de hoy.

¿Quiere esto decir que hablar de reforma agraria en Andalucía ha dejado de tener sentido?

Según el profesor Naredo Pérez, la reforma agraria debe hoy encararse de manera diferente. No se trata de distribuir tierras con una óptica productivista que pueda tener como resultado sobreañadido la mejoría de la situación de los jornaleros, sino de operar una necesaria transformación pensada en términos ecológicos que pueda garantizar la sostenibilidad de una agricultura andaluza que, hoy por hoy, se caracteriza por un muy limitado interés por el entorno.

Además, si bien ya nadie ve en el reparto de la tierra una solución a los problemas sociales de Andalucía, no quita que la cuestión de la propiedad de la tierra puede integrarse en una más amplia -y para muchos andaluces impostergable- reflexión sobre las desigualdades económicas de la región.

El poema de Miguel Hernández, si lo leemos atentamente, contiene elementos que pueden situarse en esta perspectiva. Tal vez su fuerza poética le permita unir las reivindicaciones históricas de los jornaleros de las años 30 del siglo XX con las de una sociedad andaluza de hoy que, si bien se ha enriquecido y modernizado, aun tiene fallas que hunden sus raíces en la historia, pero que siguen fragilizándola.