http://sebastiannowenstein.blog.lemonde.fr/2018/10/09/lepreuve-ecrite-du-baccalaureat-par-esteban-nierenstein/
 
Nuestro programa nos conduce a reflexionar sobre la noción de de progreso o, más bien, sobre la noción de la idea de progreso. O sea, se trataría no tanto de analizar el progreso como la concepción que se puede tener del mismo, la concepción que en ciertos momentos o en ciertas sociedades se tiene del progreso.
Los documentos estudiados nos permiten ilustrar esta noción. Hemos de señalar, desde ya, que se trata de documentos literarios, incluso de fragmentos de obras literarias y que, por lo tanto, no son descripciones de la concepción que haya podido tenerse del progreso en tal o cual lugar, en tales o cuales circunstancias, sino otra cosa…, ¿pero qué? ¿qué representan entonces estos textos que van a permitirnos comentar la noción? La cuestión es, lo veremos, de importancia. Digamos que los textos que hemos estudiado son herramientas que nos permiten realizar experimentos mentales, herramientas que nos permiten pensar la noción en condiciones realistas aunque no sean reales. Lo que nos lleva a insistir de nuevo en un punto: los textos estudiados no reflejan forzosamente o cabalmente las sociedades en que están ambientados. El régimen franquista, contrariamente a lo que puede dar a pensar un texto como Carta desde la cárcel distaba mucho de tratar a los prisioneros políticos correctamente… Esto no quiere decir que los textos no reflejen realidades sociales. Lo que estamos diciendo es que el hecho de que un texto de ficción esté ambientado en tal o cual lugar no significa necesariamente que esté reflejando de manera cabal la sociedad que existía en dicho sitio.
Habiendo efectuado este aviso,  veamos qué idea del progreso puede aparecer en estos documentos.
Tomemos en primer lugar los tres textos que estudiamos a principio de año : El señor Presidente, En el despacho del dictador y Carta desde la cárcel, a los cuales podremos añadir el dibujo de Quino.
En El señor presidente, tenemos el ejercicio de un poder despiadado y cruel, desmedido en sus castigos, que no presentan la menor proporcionalidad con la falta cometida : el derramar un tintero se salda con una tunda de doscientos palos que caerán sobre un pobre viejecito y lo llevarán a la muerte. Estamos ante un poder que necesita, para existir, inspirar el terror, lo que consigue prodigando castigos arbitrarios e imprevisibles. En general, este tipo de poder requiere víctimas, poco importa cuáles, pero tiene que haberlas, y si su identidad es imposible de predecir, mejor, puesto que de ese modo todo el mundo siente que puede ser el próximo, que el castigo puede caer sobre él si tal es el deseo del señor presidente, que parece disponer de un derecho de vida y de muerte absoluto sobre sus administrados, un poder que ningún contrapoder puede limitar y que no requiere para ejercerse ninguna formalidad.
La ausencia de reglas en el ejercicio del poder también es manifiesta en En el despacho del dictador, donde Trujillo ejerce su poder sobre la vida sentimental del teniente García Guerrero al margen de cualquier procedimiento legal, de cualquier norma, de cualquier texto1. Sin embargo, este poder parece ejercerse sin violencia, a través de la seducción o de la intimidación mediante una mirada mítica ¿Vale decir que hay progreso? En todo caso, el sistema de poder que se manifiesta en el segundo texto parece más refinado o sofisticado que el primero… y la verdad es que, puestos a elegir, entre el destino del viejecito y el de García Gurerreo, que parece tener que escoger entre el amor y su carrera, pues sin duda que optaríamos por el régimen de Trujillo. O sea que en cierto modo ha habido progreso, en el sentido en que si bien en los dos casos se trata de regímenes poco o nada respetuosos de las libertades, el segundo tiene la ventaja sobre el primero de, por lo menos, no destruir las vidas, aun cuando viole las almas. Pero pongámonos un segundo en la posición de un opositor acérrimo al régimen de Trujillo ¿No podría dicha persona experimentar frustración al observar el perfeccionamiento del sistema de poder del dictador Trujillo? ¿No podría este opositor desear que fuese menos perfecto, que tuviese que reinar más por el miedo y menos por la seducción, más castigando los cuerpos que manipulando las almas? Observemos que, en el primer texto, se produce un inicio, una tentativa, un conato de oposición, el de la sirvienta que, horrorizada por la brutalidad del castigo del que es víctima el viejecito y olvidando toda elemental prudencia, se permite formular un comentario que puede percibirse como una desaprobación de la conducta del presidente. Acaso para este opositor, el progreso fuese que se agudizasen las tensiones, que el poder tuviese que castigar abiertamente y que el pueblo saliese así del torpor en que lo quiere confinar la mirada del presidente. Lo que se nos está así planteando es la cuestión de la relatividad de la noción de progreso : habrá o no progreso según de donde se observe el proceso, según quien sea el observador : lo que es progreso para unos no lo será para otros.
Carta desde la cárcel, curiosamente, puede presentársenos como indicando un neto progreso en relación con los textos anteriores. En realidad, si tenemos en cuenta quien habla aquí, el texto puede verse hasta como positivo para el régimen franquista. En efecto, que una persona acusada de crímenes contra el estado y de asesinato se defienda diciendo que es inocente no convierte ipso facto en culpable o delincuente al estado que la acusa. Por el contrario, el que un prisionero indique que está bien en la cárcel, que la comida allí es buena, que dispone de libros, cuadernos y lápices es un excelente argumento para un gobierno que quiera pretenderse respetuoso de la persona y del derecho… Lo que en principio aparece aquí, si no efectuamos el análisis que hicimos cuando comentamos este texto en el marco de la noción Lugares y formas del poder, es un poder que se limita a privar de libertad, pero sin someterla a castigos o vejámenes inútiles, a una persona acusada de muy graves crímenes. Lo cual, evidentemente, viene a ser un progreso en relación con las situaciones comentadas anteriormente.
Volvamos un segundo al aviso que formulábamos al iniciar estos comentarios. En la realidad, tanto el régimen de Trujillo como el de Franco, se mostraron en numerosas ocasiones terriblemente brutales. En la República Dominicana de Trujillo, en la España de Franco, se torturó y se ejecutó, a menudo sin el menor juicio, a opositores. Así pues, estos textos, repitámoslo, no nos muestran una realidad, sino que nos permiten realizar explorar diferentes escenarios plausibles para mejor entender la o las nociones que evocamos. Y añadamos algo : las tres escenas observadas son posibles, pero no tienen la vocación de efectuar una descripción cabal de las características de los regímenes aludidos.
El dibujo de Quino no requiere estas precauciones : Quino no está describiendo ningún régimen preciso, sino que nos sitúa en plena prehistoria, en una época que asociamos inevitablemente a lo más primario y primitivo, a algo que todavía no ha visto el progreso, una situación que la idea del progreso tiene que llegar a transformar, a hacer evolucionar. Al mismo tiempo, lo que Quino está transmitiéndonos puede ser una idea escéptica del hombre : lo que era verdad en aquellos primitivos tiempos sigue siéndolo, el hombre no ha cambiado y su mala fe está tan presente hoy como ayer. En realidad, si es así como interpretamos el dibujo, podemos situarlo en alguna parte en la línea que lleva al “progreso”, desde la situación que prevalece en El señor presidente a la que impera en el texto de Vargas Llosa. Podemos suponer, en efecto, que la tan cacareada mirada de Trujillo no haya sido diferente de la de los demás hombres ¿Cómo se habrá llegado entonces a imponer la idea de que era irresistible? La hipótesis más sencilla nos la da el dibujo de Quino : se pregunta a la gente lo que piensa de la mirada de Trujillo y se elimina a los que no le ven nada especial… Podemos pensar, en efecto, que no se impone el culto de la personalidad sin una fase inicial de miedo o de terror. Para el jefe del dibujo de Quino y para sus hombres, para el señor presidente y para Trujillo, el progreso es lo mismo : el acrecentamiento de su poder. Para nosotros el progreso es otra cosa, para nosotros, para nuestra sociedad, el progreso no es el acrecentamiento del poder sino el del respeto de la persona humana.

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Se asocia a veces el progreso al aumento del orden o a la disminución del desorden. Si la delincuencia disminuye, si el caos retrocede en beneficio de la ley, hay progreso, se piensa con frecuencia. El fragmento de Martín Fierro que hemos estudiado y el relato El indigno nos invitan a matizar esta idea. En el primero, heroicamente, un policía Cruz, abandona o traiciona a los suyos para ponerse del lado del delincuente, acorralado por enemigos que le son numéricamente muy superiores. En el segundo texto también el protagonista abandonará a los suyos, la barra -la pandilla, la banda- de Ferrari porque prefiere otras lealtades, la de la sociedad o la de sus correligionarios. Lo que estos textos nos invitan a cuestionar es si el estado puede ser delincuente o si el desobedecer a la ley puede justificarse.
Cuando leemos el Martín Fierro, cuando conocemos las desventuras del protagonista, su inocencia inicial y las injustas persecuciones de que es objeto, nos sentimos felices y agradecidos de que Cruz se ponga de su lado y combata contra los demás policías. Sabemos que al hacer eso, Cruz, más que desobedecer a la ley, está reparando una injusticia. En El indigno, el comportamiento de Santiago nos resulta incómodo. Cierto, su denuncia permite impedir un acto injusto ; pero la misma acarreará un acto que lo es todavía más, el asesinato de Ferrari y de su segundo. En el primer caso nos sentimos íntimamente felices de una desobediencia, en el segundo, nos sentimos incómodos ante una sumisión acaso excesiva a la ley. En los dos casos, lo que produce nuestras reacciones es la idea de que la lealtad al gobierno o al Estado desaparece cuando el gobierno o el Estado son claramente injustos o cuando son ellos mismos delincuentes.
Estos documentos nos invitan por lo tanto a matizar la relación demasiado reductora que con frecuencia se establece entre disminución de la delincuencia y progreso : para que la disminución de la delincuencia suponga un progreso es necesario que el Estado o la ley sean justos y que el Estado respete las leyes que él se da. Si la victoria de la policía se produce en condiciones ilegales o injustas, el resultado será acaso el aumento de la delincuencia y no su disminución. Es lo que pasa en El indigno, en que la acción de la policía para impedir un robo se salda con dos asesinatos. En el fragmento estudiado de Martín Fierro, la impotencia de la policía es de algún modo un progreso, ya que bloquea la acción represiva de un estado injusto. En realidad, para considerar que las acciones ilegales de la policía o del estado en su lucha contra la delincuencia constituyen un progreso, es necesario considerar por principio o por definición que las acciones de la policía o del estado nunca son infracciones. Si los asesinatos de Ferrari y de su segundo no son infracciones sino acciones un poco excesivas de la policía, entonces el saldo general será positivo, se habrá dado un golpe a la delincuencia y habrá progreso. Si, por el contrario, dichos actos son asesinatos y si los policías pueden también ser delincuentes, entonces el saldo será negativo y no habrá progreso sino retroceso, puesto que, como lo decíamos, lo que debía ser un acto para impedir un delito se transforma en crimen. Los criminólogos hablan de la noción de etiquetaje negativo2, que viene a ser el hecho de que ciertas poblaciones son consideradas a priori como delincuentes o más delincuentes que otras. Lo que El indigno nos sugiere es que existe también el etiquetaje positivo: los actos de ciertas personas, aquí los policías, parecen deber ser considerados por la sociedad exclusivamente como actos de lucha contra la delincuencia y no, como lo que también son en derecho, actos de delincuencia. La impunidad con que actúan, en efecto, los policías del relato, el desdén y el sarcasmo que muestran ante la pretensión de Santiago de estar actuando como un buen ciudadano indican que la noción de una ley justa y universal, más que guiar sus pasos parece darles risa. En el Martín Fierro podemos ver reflejada la misma problemática. El juez de paz utiliza su función para llevar a cabo los actos más reprehensibles, pero como es él quien dicta la ley, su impunidad es absoluta. La idea de progreso que puede emerger aquí por contraste será sin duda la de un estado que sea capaz de someterse a su propio derecho, lo que se llama un estado de derecho. En este sentido, los textos que comentábamos anteriormente también ilustran esta problemática : el castigo del viejecito es la negación misma del estado de derecho, el ejercicio del poder por parte de Trujillo se sitúa más que en contra de la legalidad, al margen de la misma, mientras que Carta desde la cárcel nos está sugiriendo ya -de manera muy cuestionable, como lo vimos más arriba- una mayor aproximación al estado de derecho.

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El texto de Rutilio ocupa, en relación con la noción de progreso, una posición a parte, aunque sólo sea por su anclaje temporal, que lo sitúa en un contexto histórico muy diferente al nuestro. Quizás lo más interesante sea justamente aprovechar el desfase que pueda existir entre la visión del mundo y de la realidad que nos da dicho texto y la visión que impera en principio en la actualidad ¿Ha habido progreso en la manera de concebir el mundo? ¿Entendemos mejor las cosas ahora que antes?

Rutilio niega la evidencia que le muestran sus sentidos. Para él, la realidad no es lo que ve, sino lo que le dice la Iglesia. Que se halle él en Noruega después de haber viajado cuatro horas por los aires en el manto de una bruja, que haya asesinado a su benefactora, cuya figura se había transformado en rostro de lobo no son razones bastantes para dudar de lo que dice la Iglesia : las brujas no existen. En principio, nosotros tenemos una manera diferente de ver las cosas y partimos del principio que lo que vemos es lo que existe, independientemente de lo que se diga en tal o cual institución religiosa. Claro que este texto es incómodo, muy incómodo, puesto que nosotros sabemos que Rutilio y la Iglesia tenían razón, nosotros sabemos que las brujas no existen.

Para entender mejor el problema nos hacen falta algunas informaciones históricas. El texto fue escrito en una época en que el recurrir a la razón está convirtiéndose en una práctica cada vez más frecuente. La Iglesia misma presta atención al hecho de introducir, de manera local o parcial lo racional en sus discursos. Al mismo tiempo, dicha institución va a luchar contra la sobreabundancia de lo fantástico en la religiosidad popular. Lo divino, lo sobrenatural debe, naturalmente, seguir existiendo en la doctrina, pero se trata de luchar contra la idea de que Dios y el diablo intervienen constantemente en las vida de la gente. No, dirá la Iglesia, no hay brujas por todos lados. Y los viajes por los aires con ellas, los supuestos viajes, no son tales sino más bien alucinaciones de que son víctimas las gentes. Lo sobrenatural debe retirarse de la vida cotidiana y limitarse a estar presente en las alturas metafísicas. Contra la religiosidad popular poblada de brujas, endriagos y hombres lobos, la Iglesia busca imponer un sobrenatural abstracto, intangible. En realidad, por supuesto, si la gente imagina que sale en volandas con brujas, no es sólo porque tiene problemas mentales, sino también porque durante siglos la Iglesia ha enseñado que las brujas existían y porque durante siglos la Iglesia y la Inquisición han quemado brujas. Incluso en la época en de la que hablamos, se quemaban brujas… que no existían según la doctrina, o que aparecían muchas menos veces que lo que la gente pensaba. Como vemos, los cambios, los progresos no se produjeron de manera brutal, sino que se realizaron paulatinamente y no sin contradicciones.

Pero, ¿dónde está la verdad? ¿Hemos progresado en nuestra manera de buscarla? ¿Nos engañan nuestros sentidos? Es evidente que el sentido común puede inducirnos en error : el sol no gira en torno a la tierra sino que es la tierra la que lo hace, contrariamente a lo que parece indicarnos nuestra experiencia cotidiana. En un sentido, puede parecer bastante racional desconfiar, en la época de Rutilio de lo que nos dicen nuestros sentidos o de las conclusiones que puedan sacarse utilizando la razón a partir de las informaciones que nos llegan. Los adversarios de la astronomía en sus comienzos desconfiaban de los telescopios que, decían, producían alucinaciones en lugar de mostrar el cielo tal como es. Argumentaban que si nos frotamos los ojos también vemos cosas extrañas que no existen. En la época de Rutilio, en la época de Cervantes, la ciencia y la experimentación están en sus comienzos y hay pocas maneras de demostrar que razonar cuidadosamente a partir de los hechos conduce al saber. Hoy, la tecnología nos muestra día tras día, con sus realizaciones concretas, que los científicos tienen razón ; en aquella época, era muy difícil demostrar que la visión del mundo de la Iglesia era insostenible. En dichas condiciones, podía parecer razonable afirmar que lo que siempre se había tenido por cierto, a saber, que la Iglesia nunca se equivoca, debía de serlo, a pesar de que de vez en cuando nuestros sentidos o nuestra razón pareciesen indicarnos lo contrario. Ahora bien, si, de manera general, lo que hemos dicho puede defenderse, cuando llegamos a la situación tan absurda que vemos en el texto, nuestra explicación pierde fuerza. Una cosa es, en efecto, dudar de que el telescopio esté mostrando realmente lo que hay en el cielo y otra muy distinta el negar que las brujas existan después de haber viajado con una de ellas, después de haber asesinado a una de ellas. El punto al que Rutilio tiene que llegar en la negación de lo que le indican sus sentidos se sitúa incomparablemente más lejos. Quizás aquí sea oportuno recurrir, además de a lo que la historia nos enseña sobre las mentalidades en la época de Cervantes, a las interpretaciones actuales de lo que es el fenómeno religioso. En nuestros comentarios sobre este mismo texto en relación con la noción de mitos y héroes, vimos que para el antropólogo Pascal Boyer lo inverosímil que contienen las religiones tiene un sentido de sacrificio, al indicar que el miembro del grupo está dispuesto a renunciar a una parte de su racionalidad para formar parte del mismo.

La cuestión pues que podemos plantearnos es si, desde los tiempos de Rutilio, hemos progresado. Probablemente la respuesta que demos a esta pregunta dependa en gran parte de cuál sea nuestra propia idea del progreso, pero asimismo de la manera en que interpretemos nuestra realidad social. No es forzosamente absurdo pensar que aun hoy tenemos creencias que nada justifica, que tenemos mitos cuya aceptación nos permite ser miembros de un grupo, de una comunidad. Tampoco lo es pensar que, a pesar de todo, hemos progresado porque dichos mitos son marginales en nuestra manera de percibir el mundo o porque sabemos más claramente que Rutilio que son mitos, ficciones, historias y no descripciones verdaderas del mundo. También cabrá preguntarse si progreso y racionalidad se confunden ¿es deseable que seamos criaturas puramente racionales? ¿No es necesario a pesar de todo que compartamos algunos mitos, aun cuando para creer en ellos tengamos que sacrificar una parte de nuestra racionalidad? Os voy a dejar contestar vosotros mismos a estas difíciles preguntas…

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En Continuidad en los parques tenemos una extraña situación en la que realidad y ficción se entremezclan. En Chac Mool, de algún modo, la situación es análoga : una estatua, que debería poseer, en la realidad, solo una vida de ficción, cobra verdaderamente vida. En El evangelio según Marcos, tenemos lo que podría ser una modalidad realista de estas fantasías, ya que, la historia de la Biblia se vuelve real no en el mundo físico, como en los dos relatos fantásticos que mencionábamos, sino en la mente de los Gutres, que, tomando el relato bíblico al pie de la letra, se convencen de que las cosas son como las cuenta la Biblia. Desde sus más remotos orígenes, las ficciones parecen haber acompañado al hombre. Para que una ficción funcione se requiere una suspensión de la incredulidad, y para que la ficción no se apodere de nosotros o nos invada, dicha suspensión debe ser momentánea. Coleridge lo resume famosamente : “una momentánea suspensión de la incredulidad3. Puede considerarse un mito como una irrupción de la ficción en la realidad. El progreso vendría a ser la capacidad de contener la inevitable ficción que nuestras mentes producen en límites útiles y razonables. Estos tres textos parecen girar en torno a esa cuestión : ¿cuál ha de ser el lugar de la ficción, cuándo sale la ficción de sus cauces? En todo caso, no sin cierta paradoja, la ficción parece ser un bastante buen lugar para pensar en sus propios límites… ¿y qué nos dicen estos textos? Los de Carlos Fuentes y Cortázar no parecen aportarnos una respuesta a nuestras interrogaciones. Lo que hacen es jugar con el miedo y la fascinación que suscita la idea de que la ficción se vuelva realidad. Jugar con dicha idea tiene, de por sí, una utilidad, la de incitarnos a reflexionar en el problema, la de preparar nuestro cerebro para que trate el problema. El texto de Borges parece aportarnos algo más : el desborde de la ficción parece provenir de la ignorancia, de la ausencia de libros, del escaso comercio que tienen los Gutres con las ficciones, lo que les imposibilita entender de qué se trata, lo que les impide hacer un uso civilizado de esos objetos de palabras que aparecen en medio del aislamiento abismal de una estancia cercada por las aguas en medio de la pampa. Recordemos que en el mundo elemental en que viven los Gutres, las palabras mismas se apocan, el español les costaba trabajo. Lo que la regresión vertiginosa y hasta esperpéntica de los Gutres nos muestra es que, justamente, el progreso ha de consistir en lo contrario, en el uso refinado de la ficción, en su manejo sutil, en su control, para que no se nos desboque, para que no perdamos sus riendas. En su reciente estudio sobre la disminución de la violencia a lo largo de los siglos, el psicólogo estadounidense Pinker cita el consumo de literatura como uno de los factores que ha podido contribuir a dulcificar las costumbres. Lo que el relato de Borges parece decirnos es que para que la hipótesis de Pinker sea cierta se requiere por un lado a lectores educados y por otro cierto tipo de literatura. Si los oyentes de Baltasar Espinosa hubiesen sido filósofos, no hubiese el pobre estudiante terminado como terminó. Si el libro encontrado en la estancia hubiese sido… no sé qué ejemplo citar, ¿se os ocurre alguno?, me hace falta un libro lleno de buenos sentimientos… lo que pasa es que es difícil, la verdad es que hay mucha muerte en la literatura, mucho drama, sin ellos, las ficciones no parecen poder funcionar… Bueno, si el libro encontrado no hubiese sido la Biblia con su relato de la pasión de Jesucristo sino otro lleno de buenos sentimientos, Baltasar Espinosa no hubiese muerto. Claro que Pinker podría objetarnos que él habla de literatura y no de textos sagrados4. El problema, justamente, parece producirse cuando, como lo hace con ligereza e imprudencia Baltasar Espinosa, se afirma que las ficciones son verdad. Ahora bien, para que una religión no produzca los problemas que la Biblia produce en la estancia La Colorada, parece que es necesario que sus partidarios puedan creer lo que afirma y al mismo tiempo no tomarlo demasiado al pie de la letra. Una religión serena parece requerir que se trate la palabra de sus textos sagrados como una parábola, que debe ser interpretada de manera moderada por autoridades razonables. No nos parece en todo caso arbitrario interpretar así el texto de Borges, que siempre fue un agnóstico que se deleitaba con la lectura de los textos religiosos y con las refinadas controversias teológicas que tanto abundan en la historia de las religiones. Así pues, podremos aquí definir el progreso como el cultivo razonable y moderado de la ficción por oposición a su irrupción descontrolada.

1Es, en efecto, importante señalar que, en un estado de derecho, el poder de que disponen los agentes del estado, y el presidente, si bien el primero de ellos, lo es, está limitado por los textos legales con arreglo a los cuales se ejerce.

2Ver, por ejemplo : La théorie de l’étiquetage modifiée, ou l’« analyse stigmatique » revisitée par Lionel LACAZE Nouvelle revue de psychosociologie 2008/1 – n° 5 http://cdclv.unlv.edu/ega/articles/lacaze_stigma_08.pdf

3… It was agreed, that my endeavours should be directed to persons and characters supernatural, or at least romantic, yet so as to transfer from our inward nature a human interest and a semblance of truth sufficient to procure for these shadows of imagination that willing suspension of disbelief for the moment, which constitutes poetic faith. Mr. Wordsworth on the other hand was to propose to himself as his object, to give the charm of novelty to things of every day, and to excite a feeling analogous to the supernatural, by awakening the mind’s attention from the lethargy of custom, and directing it to the loveliness and the wonders of the world before us …” Coleridge, Biographia Literaria, 1817, capítulo XIV. Cabe señalar que Tolkien niega que tal sea la relación de la realidad y de la ficción, para defender la teoría de la creencia secundaria, secondary belief, que afirma que lo que el lector necesita es creer que lo que lee es cierto en el mundo de la ficción, lo que se consigue gracias a la coherencia del mismo. Tolkien afirma que la voluntaria suspensión de la incredulidad sólo es necesaria cuando el trabajo de creación de un mundo de ficción ha fracasado : Tolkien on Fairy-Stories, by Verlyn Flieger and Douglas A. Anderson: “A new expanded edition of Tolkien’s most famous, and most important essay, which defined his conception of fantasy as a literary form…”(2008) ISBN 978-0-00-724466-9. Fuente : http://en.wikipedia.org/wiki/On_Fairy-Stories.

4Tal vez pueda decirse que un mito, una religión, sean una indefinida suspensión de la incredulidad. La cuestión que puede planteársenos es si el ser humano puede vivir sin estas suspensiones ilimitadas de la incredulidad y si, por consiguiente, es deseable combatirlas o si, por el contrario, dichos comportamientos son inevitables para que existan las sociedades, en cuyo caso se trataría no tanto de erradicarlas como de aprender a vivir con ellas para impedir que se vuelvan totalitarias, para garantizar que exista una sana diversidad de las mismas y para evitar que se vuelvan agresivas o destructoras. En todo caso, el análisis racional, pero también la literatura, pueden tener por efecto poner coto a los excesos como los que aparecen metaforizados en el relato de Borges.

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